lunes, noviembre 27, 2006
viernes, noviembre 24, 2006
lunes, noviembre 20, 2006
Han vuelto
Se volvieron a colar sin previo aviso y me han asfixiado como siempre hacen. Han vuelto a insuflar su helado aliento en el hueco de mi corazón y otra vez este frío que me hiela desde dentro me hace no ver el sol.
Volvieron desde sus recónditos escondrijos, como comadrejas, alimañas desesperadas por pegar bocados a lo que encuentran, pues sin corazón que mordisquear, les basta con cualquier pieza podrida que encuentren en ese agujero, donde nunca brilla la luz.
Han vuelto y me han llenado la memoria con sus recuerdos, han traído besos que no entiendo y hasta caricias que no siento, como si esta piel de pronto fuera plástico.
Vuelven a mis sueños, hasta en mi boca se enredan nombrando con sus nombres a quien no corresponde.
Vuelven en estas fechas y me recuerdan mis miserias, tal vez se divierten así, quien sabe, pero vuelven y me revuelven por dentro y esta vez nisiquiera encuentro un abrazo que me haga entrar en calor, pues hasta el abrazo hallado es de ellos y me encoje el alma y parece agrandar el espacio negro que me invade...
Vuelven una y otra vez, meten sus dedos sarnosos en mis llagas, esparcen recuerdos como vidrios rotos bajo mis pies descalzos, me rompen hasta la voz, me llenan de vacío, y agrandan un poco más mi Nada, ese agujero negro que absorbe todo, y que acabará por absorberme hasta a mí misma.
Vuelven, les oigo gritar, reírse de noche, y en la noche se meten en mis sueños, me engañan, me envuelven con sus mentiras y luego me dejan desnuda en mitad del hielo de este desierto ártico donde una vez hubo calor, donde una vez se escuchó el latir acompasado de un corazón.
Han decidido volver, de nuevo, y otra vez en sus manos han traído como regalos cubiertos de veneno, esos momentos que un día me hicieron feliz. Los lanzan contra mí como si yo fuera la diana de sus flechas, disparan sin piedad, como el pelotón de fusilamiento, y yo, rendida, he caído una vez más, rota.
Tengo frío, y ellos han vuelto...
Besos y sed felices
miércoles, noviembre 15, 2006
Fragancia
Si cierro los ojos, puedo sentir que estás aquí. Siento los restos que tu aroma deja en mi piel, en mi cama, esparcidos en el aire... Tu perfume me envuelve y se convierte en mío cuando te fundes conmigo.
Aroma de mayo vienes de cerezas y frambuesas, pomelos y ciruelas, y te mezclas con mi diciembre de naranjas y manzanas, uvas y vainilla.
Olor de caoba y sándalo que acude desde tu piel se mezcla con las flores orientales que adornan la mía. Oleadas de agua salada, el mar en tu pecho resbala fundiéndose con mi savia.
Siento tu olor en mis sueños y despierto como animal hambriento buscando tan preciado alimento, la ambrosia que tus labios esconden, el placer de tu cuerpo. Enloquezco ante el perfume que me lleva a tus secretos y es que, por más que quiero no puedo escapar al deseo de envolverme en tu esencia, hacerme etérea para seducirte hasta el alma, con la fuerza salvaje de huracanes, revolviéndote hasta dejarte sin aliento, exhausto, perdido... y un sendero de mi néctar indicándote el camino hasta mis labios, tu destino.
Bocanadas de aire fresco llegan desde ti, invadiendo mis sentidos, y aún cerrando los ojos y escapando a tus latidos, la fragancia de tu piel llama a la mía y la conmina a dejarse hacer, como un bálsamo que cura, y al tiempo envenena, haciéndome olvidar quien soy para ser contigo corazón que late, cuerpo que respira y otra vez envuelta en la seda de tus manos, de tu aroma, de tus besos embriagados de pasión, caer rendida, sumisa a tus deseos que son los míos.
Dejo gotas de perfume como migas de pan que te guían despacito hasta encontrarme, sin más prenda que mi aroma de Ángel enajenándote, hechizándote con Magia Negra, atrapándote un instante sin más armas que las que enmarañan tus sentidos pues en esta cruzada, cuerpo a cuerpo, vale todo y todo está permitido, que eres mi contendiente y al tiempo mi captura, que soy tu presa y al tiempo tu oponente, quien gana pierde y viceversa y aunque parezca mentira nos deleitamos en esta contienda, combatientes de corazones heridos, de almas valientes.
Dame un segundo más del incienso de tu piel, déjame ser llama que lo haga arder, embriágate con el licor de mis labios y lícuate en mi ombligo hasta ser conmigo perfume de veranos cálidos y otoños sombríos, de inviernos fríos y primaveras exultantes, hagámonos del aire, envolvamos al mundo en nuestro aroma, esencia de nosotros mismos, que el mundo es nuestro cuando nos fundimos.
Me gusta cuando tu aroma embelesa mis sentidos.
Besos y sed felices.
sábado, noviembre 11, 2006
Stardust
Acaso la estrellita minúscula, esa que ni siquiera tiene nombre, sólo una hilera de letras y números para designarla, piensa en los ojos que ahora la miran y se queda en ellos, para volverse un poco mirada, un poco ternura, un poco el silencio que da paso a un beso...
342.879.561. Así se llamaba. Una hilera inmensa de números que alguien un día decidió colgarle como nombre. Pobre estrellita. Ella que quería ser algo más que un simple punto mirando desde allá arriba... Pero era demasiado pequeña, demasiado poca cosa. Ella no era una Estrella Polar, no. Ni siquiera era parte importante de alguna de esas constelaciones tan populares que los amantes, a veces, se regalaban... "Mira ¿ves ese grupo de estrellas que forman como una M? Eso es Casiopea. ¿Te gusta? Si pudiera te las bajaba todas para colgarlas de tu pelo".
342.879.561 le gustaba mirar a los viandantes de las grandes ciudades. Era como espiar pues su luz era tan poquita cosa, que con la contaminación lumínica, casi era imposible verla. Veía las parejitas, paseando abrazadas, susurrándose cosas al oído. Veía a las chicas guapas corretear entre transeuntes y coches, con sus zapatos de tacón alto, en busca de taxis cuando hacía frío. Los ejecutivos, siempre con sus trajes impecables, hablando a menudo por el móvil, y sin prestar atención a nada. Los barrenderos, unos cantándole a la luna, otros barriendo deprisa para acabar pronto...
Y los solitarios, los románticos solitarios que se dejaban el alma en cada suspiro, mientras paseaban lento, saboreando cada paso, a veces con un cigarro que fumaban con parsimonia, la mente abstraída y lanzando, a ratos, miradas al cielo. Parecía que la miraran a los ojos.
Le gustaban los solitarios, pues sabía que eran los pocos que realmente la miraban, aunque no la vieran siempre. La miraban con los ojos del alma, y con los de la cara. Brillaban sus ojos al reflejarse en su luz, y se tornaban más hermosos aún si cabe, perdiendo por un instante la frialdad de sus vidas desangeladas. Andaban en equilibrio entre la felicidad de las pequeñas cosas, y la soledad, que no siempre es bienvenida. Bailoteaban con la luna, cuando nadie les miraba, se confesaban a los astros, se enamoraban del mar y se dejaban engatusar por rayos de sol, gotas de lluvia y luces de neón.
Los solitarios hablaban con ella en las noches sin luna. Dejaban sus ciudades y se perdían en playas o montañas tranquilas, y la miraban fijamente a los ojos y le contaban en secreto sus anhelos.
A veces los solitarios se encontraban entre ellos y iban juntos a contarle secretos. Entonces se quedaban largo rato mirando su luz cálida y suave, hasta que ella se prendía de sus ojos, y entonces ocurría que se volvía mirada enamorada entre ellos, repartiendo ternura en sus manos, dulzura en sus voces, cálidas caricias y besos lentos, acompasados al ritmo de dos corazones perdidos un instante y encontrándose encontrados. Ella era el silencio en sus palabras, la calma sugerente de la noche, la caricia de él en la mejilla de ella. Los labios de ella apenas rozando los de él...
Y en ese momento en que hasta el tiempo se paraba por no molestar, ella se dejaba caer, como suave polvo de estrellas para impregnarse de su alma, la de ellos y volverse corazón...
Besos y sed Felices
sábado, noviembre 04, 2006
Caricias
viernes, noviembre 03, 2006
Noviembre
Hoy llueve. Llueve con aplausos, me dicen. Llueve sin parar, el cielo llora sobre el asfalto y desde mi cama escucho su llanto.
Llega Noviembre con lluvia y me trae en esta noche, nostalgia, frío y una extraña dulzura, todo en partes iguales. Ingredientes para un postre hecho con chocolate y delicias de besos, con mandarina y toques de caricias, con una pizca de pimienta negra y silencios, con canela en rama y dosis generosas de paciencia. A fuego lento cocino, y miro entretanto por la ventana de mis sueños, con esta lluvia de fondo, que me devuelve el perfume de la tierra mojada, de rosas que se abren a las gotas, que beben como bocas sedientas de besos, y caen en sus pétalos rojos de pasión, adornándolos con sus caricias como susurros sobre la piel.
Noviembre de noches largas y calles en tonos sepia, noviembre de luces de neón y alegres escaparates. Mi noviembre, dulce mes que aguarda, siempre aguarda, la llegada de diciembre. Mes noveno que es undécimo, lleno de soledades acompasadas con ternura, mes que casi acabas y te empiezas, hermosos días de otoño anoviembrados, de luces suaves color vainilla, como el aroma que va dejando tu recuerdo en mi buhardilla.
Noviembre que iluminas con lluvia de aguacero, mil colores brillantes cuando lloro contigo. Noviembre, no quiero olvidarte, mes de los solos encontrados, en el calendario, dos unos que suman dos sin dejar de ser uno.
Hoy, noviembre, te me haces presente, afuera llueve y aquí adentro veo un arcoiris reflejado en el sol de una mirada y las lágrimas de un corazón que clama por ser liberado.
Tengo noviembres hoy, mañana diciembres y en el ayer octubres olvidados. Llegará el nuevo año con enero desnudado, pero ahora, noviembre, dame un beso adiciembrado, o mejor, cálidamente agostado, que recuerde en mis labios primaveras mayosas. Traeme tu luz, tus sombras, tus quebrantos, noviembre dulce y lluvioso, frío de porcelana y timbre de cristal...
Besos y sed felices
jueves, noviembre 02, 2006
Dos Gardenias
En la cocina el puchero humeaba, perfumando el aire con ese inconfundible aroma de toda la vida...
Ella trajinando en los fogones, delantal cubriendo su camisa de seda, color marfil, abotonada con imitación de perlas, falda recta en color marengo hasta las rodillas, y zapatos de tacón. Melena, a la moda, suavemente ondeada, como las actrices del momento, recogida delicadamente en un lado con una pequeña peineta adornada con una mariposa plateada.
La comida acabada, y el entrando, como siempre algo tarde, traje de chaqueta en gris perla, sombrero de ala ancha, a juego, al más puro estilo Bogart, para tapar, coqueto, su escasez de pelo. La cámara, una Leica IIIf, último modelo, colgando de su preciosa correa de cuero marrón, en su cuello, el maletín con lo necesario en la mano, la corbata medio desanudada, la camisa blanca, algo manchada. Y esa sonrisa, esos ojos grandes siempre sonrientes, dulces al mirar a su amada.
Se casaron tarde. Rompieron las reglas escritas y las no escritas, cuando un día, él la rescató, cual Tenorio, ella ya casi convertida a monja, y le prometió que siempre sería feliz... Y desde entonces sólo se preocupó de cumplir su promesa. Se casaron mayores, nadie apostaba por ellos, ella con sus treinta y tres años, él treinta y cinco.
Con la mesa servida, ella atendía a sus gardenias, siempre hermosas, de blanco inmaculado. Este hombre y sus retrasos, la podían, y por no alterarse, regaba, limpiaba y hablaba a sus gardenias.
Él, sonrisa en boca, sombrero medio ladeado, se ajustaba la corbata, bien elegante, como a ella le gustaba, y se acercaba, por la espalda, le daba al viejo gramófono, y machín cantaba, Dos gardenias para ti, con ellas quiero decir te quiero, te adoro, mi vida. Y se quitaba la chaqueta ya bailoteando, hasta alcanzarla a ella, la agarraba de su hermosa cintura, mirando sonriente sus curvas, y la giraba hasta tenerla de cara, ella con el entrecejo fruncido, visiblemente contrariada, él alzándole el mentón, suave, besándole la mejilla, ella mirándole “Que voy a hacer contigo” y él otro beso en la otra mejilla, mientras seguían a machín… Dos gardenias para ti que tendrán todo el calor de un beso, de esos besos que te di, y que jamás te encontrarás en el calor de otro querer… y entonces sin que ella se diera cuenta, cortaba dos gardenias del arbusto y se las colocaba, enredadas entre sus mechones rizados, y ella rendida apoyaba la cabeza en su hombro. Él, dulce y tierno, le alzaba de nuevo el mentón “Sonríe Anita, que el sol vea lo guapa que eres y refulge de envidia” y ella sonreía, tan hermosa, que en verdad el astro rey le envidiaba. Entonces la besaba largo y dulce, y Machín enternecido coreaba su amor desde el gramófono.
Ya nada importaba, si la comida se había enfriado o la camisa estaba sucia. Y con esa sencillez con la que él lograba disipar las nubes, ella no podía jamás estar enfadada más de dos segundos.
Él desenfundaba de su cuero su magnífica leica y la miraba, “Anita, mírame como cuando me amas” y ella, que le amaba con locura, le miraba y quedaba prendida de la cámara y de sus ojos, los de él, que no podían esconder su adoración.
“No sé que haré contigo, Hipólito, no tienes remedio” y le ayudaba a quitarse el sombrero, todavía en su cabeza, él ya sin corbata y sin camisa “vas a coger una pulmonía” y Machín, a coro con él: Mira que eres linda, que preciosa eres…
Y la casa llena de risas, el sol sobre las gardenias, resplandeciendo, y ese amor, promesas cumplidas, llenándolo todo…
Besos y sed felices