martes, mayo 13, 2008

Por todo esto

Porque hay veces que el alma se desborda, que el corazón se desgrana y las lágrimas asedian los ojos. Porque hay momentos en que la vida desfila ante la mirada ingenua y trae el aroma de aquellos tiempos.

Porque a veces no se puede eludir el deseo, ni la ilusión olvidada, porque aunque se piense que se ha perdido la capacidad de amar, hay cosas que no cambian.

Porque una voz alegra el alma y la entristece, porque una sonrisa vence cualquier barrera, porque un abrazo inédito no deja obviar otro viejo, porque hay sombras de antiguos besos en besos nuevos.

Porque el tiempo no pasa en balde, porque las cicatrices punzan, porque a duras penas se alza el vuelo con tanto peso y hay días que el frío congela los huesos.

Porque hay tanto que extrañar, que ya sólo se extraña, porque hay más ausentes que presentes, porque hay tantas fechas rojas en el calendario y ninguna verde, porque se pierde la esperanza entre tanta mala suerte.

Porque hay días que andar es más complicado que otros, y hay noches que la cama parece más grande, porque no siempre los parches tapan los huecos, porque hay veces que el vino no acompaña a las rosas.

Porque la primavera a veces parece otoño y el sol no calienta lo suficiente, porque las luces no alumbran las calles ni el camino a un destino decente, porque los dioses parecen reírse y este viento no cambia, no trae un buen presagio, una sonrisa, un corazón latiente.

Por todo esto hoy brindo, con lágrimas dulces, recuerdo de otros amaneceres. Brindo con la ausencia de las sombras. Ahora que todo está perdido, no hay por qué temer a la esperanza.



Besos y sed felices

martes, mayo 06, 2008

Yo bajaba a la arena

Yo bajaba a la arena, los pies descalzos, la melena suelta.
bajaba a la arena y la luna redonda, de argenta pintaba mis huellas.
Mis pies el agua rozaban, la espuma blanca, la noche clara
la arena de seda, mis pies abrazaba y el mar me llamaba.
Yo bajaba a la arena, buscando tus besos, soñando tu vuelta
bajaba a la arena y mis lágrimas hacían charquitos de estrellas.

Las olas hilaban vestidos de sal para mi piel desolada
inventando caricias, suscitando el recuerdo de tus manos complacientes
tus besos candentes, tus dulces palabras, tu mirada templada
entre las olas envuelta, limpiando los restos de tus mentiras displicentes

Yo bajaba a la arena, la brisa en mi falda, la triste mirada
bajaba a la arena y el mirar de tus ojos en mi alma dejaba mella
mis manos tu piel descifraban, el silencio, la mar templada
la luna a sabiendas callaba, y tú me abrazabas, en silencio lloraba.
Yo bajaba a la arena, creyendo tu amor, que absurda charada
Bajaba a la arena y entre conchas perdía la luz de tu estrella.




Besos y sed felices

jueves, abril 03, 2008

Y qué le vamos a hacer


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Y qué le vamos a hacer, si la vida se empeña en parecer una noria, si en este giro de tuerca hemos vuelto a aquel momento donde la sonrisa parecía eterna.

Que le vamos a hacer si tú no me olvidas y yo no te convierto en ceniza, si nuestra historia no acabó y quedó suspendida, y ahora se nos revuelve el recuerdo, se nos desboca el sentimiento por volver a vernos.

Que le vamos a hacer, dime, si tus ojos se llenan de sonrisas, si mis labios regresan casi a ciegas, al hogar de tu boca. Si hasta parece que el hueco de tus brazos fue hecho para abrazarme, si no puedes dejar de besarme ni aun cuando intento frenarte.

Tengo mil preguntas sin respuesta, y esta extraña sensación, como si no hubieran pasado estos años, como si el reloj se hubiera parado durante este tiempo, esperando la réplica a tu ausencia, la razón de tu hégira que ahora comprendo menos todavía.

Me queda la duda y tu fantasma, que de a ratos se vuelve tan real que se me olvida que te desvaneciste de mi vida, que ya no he sabido amar, que hasta la sonrisa quedó estancada en aquel espacio en que fuimos felices.

Que le vamos a hacer, si la fuerza me flaquea y me rindo ante tu mirada, si te sometes a mis besos, y vuelve otra vez la incertidumbre ante tu imagen, tal vez real, tal vez otro rayo de luna en una noche estrellada.

Quizá esta vez decidas no esfumarte, ser real y afrontar lo que nos pasa, no lo sé, pero el miedo me atenaza, pues no quiero hipotecar mi alegría por el hueco en tu regazo, no quiero derrochar lo ganado por los besos perdidos en el tiempo. No puedes venir sin más a zarandear esta paz que tanto me ha costado conquistar, ahora que tu sombra no alcanzaba el brillo de mis ojos, no me puedes pedir que vuelva mi mirada hacia ti. No me pidas que te perdone el tiempo que no he podido vivir, que olvide la muerte de mi alma, el silencio rebelde de las mariposas que ya no revolotean para nadie. Cómo osas volver a robarme el recuerdo, venir de nuevo a calentar los pedazos de este amor congelado.

No me preguntes que es lo que quiero, ni me digas que tu amor era sincero. Porque tengo miedo de andar el único camino que nunca pude recorrer. Déjame, si no vas a saber transitar conmigo, que me quede en este desierto frío, esperando un sol que nunca brilla. O dame tu abrazo y llévame contigo, si acaso tienes el valor que antaño no asumiste, para afrontar todo el cariño que un día dejaste resbalar, como agua, entre tus dedos.

Besos y sed felices

miércoles, febrero 13, 2008

Abrázame


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Envuélveme entre tus brazos, conviérteme en parte de tu cuerpo, deja que me oculte en tu regazo, que no quiero abrir los ojos y verte lejos.

Apriétame contra ti, estrújame con la fuerza de tu cariño, dime en este abrazo qué sientes, pues me hace falta concebirlo.

Cuando me abrazas me siento en calma, sé que puedo cerrar los ojos, dejarme llevar por tus brazos. Pierdo el miedo y me vuelvo invencible, el frío se queda fuera de nuestro mundo, el que creamos entre tu regazo y el mío.

Se lía mi cuerpo entre el tuyo, se queda mi beso acallado en tu pecho, se acunan mis sueños, mecidos en los tuyos, mi alma se confunde con la tuya y dejamos atrás lo que nos asusta, me deshago en ternura y te siento como el niño que sigues siendo, tu respiración fuerte, un suspiro ahogado y tanto por sentir, que hasta el corazón se encoge apabullado.

Ya no sé donde acaba mi cuerpo y empieza el tuyo, donde empieza mi alma y acaba la tuya, en que punto está el límite, la frontera que separa lo tuyo de lo mío, sólo sé que en este espacio inmaculado donde nos cobijamos, nada más que el sentimiento habita. Sólo sé que en este escondrijo del miedo, y reservado a la locura de amarte, es posible nuestro amor, aunque sólo sea por un instante, y luego se deshaga como los aros de humo, se esfume sin más, dejando en el aire este aroma, esta esencia de sentimientos entrelazados que dejo que me impregne, como me impregno de ti cuando te embrollas en mí.

Revuélvete conmigo, confundámonos otro ratito, que de a ratos es nuestro apego, vamos a bañarnos con esta dulzura que desprende nuestro abrazo, disfracémonos de la cercanía de nuestras almas, desnudémonos de los reproches y vistámonos con esta energía que desprendemos. Vamos a derrochar la alegría de tenernos en un instante, desboquemos el deseo y que nos asedie, sin fronteras para retenerlo. Abatamos los muros que un día nos impusimos, depongamos los límites y establezcamos un reino para la pasión, donde plácidamente nos deshagamos en agua de cariños con la que mitigar la sed de este afecto que por momentos dejamos descubierto.

Abrázame, quiero ser tu aprecio. Déjame abrazarte y obrarte mi cariño.


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Besos y sed felices

sábado, enero 26, 2008

Bésame



De entre el silencio y el sentimiento, de miradas que se cruzan y cruzan el fuego de una batalla inesperada. De las entrañas del alma cuando el alma desnuda se ofrece si es que hay quien sepa mimarla. Así entre una pausa y un acento nace un beso.

Y que distintos son los besos que dejan unos y otros labios, como la pasión que evocan que se hace efímera en unos y eterna en otros, y a veces un beso marca el principio de un nuevo sueño.

Dibuja sobre el tapiz de mi piel estelas de estrellas con tus labios, haz de mí la carta de tu cielo, llega despacio hasta mi boca y demórate en ella, abárcame con tus labios, envuélvete en los míos, déjate mecer en este mar que te ofrezco, accede por la puerta grande a mi corazón y llévate sin miedo sus secretos.

Poder saciar la sed en un ósculo perfecto, perder la noción del espacio y el tiempo, lentamente caer, rendirse al abrazo del alma y ser esencia en tu aliento, un eterno instante comprendido en dos momentos, un universo naciendo al abrigo de pasión y afecto, y parece tan escueto y es tan complejo, enmarañándose dos corazones, embelesados los sentidos, brota de tierra yerma el más espléndido de los edenes y hasta el mundo parece pequeño cuando un beso es sincero. Hasta el mismo sol se abate por no trabar este encuentro.

Como dejar constancia de lo que acontece entre alma y labios, corazón y cuerpo, si hasta las palabras parecen huir cuando dos bocas hablan sin rasgar el silencio, dejando entre tu piel y la mía un relato incompleto de amaneceres y crepúsculos, de noches estrelladas plagadas de sueños.

Hogar de mi lengua es tu boca, refugio de tu cuerpo mis brazos. Lecho para tus labios mi pecho, almohada de mis deseos tu regazo, cuando te beso. Bésame sin límite, que no haya fronteras para el sentimiento, libres por fin de todo impedimento, volaremos lejos, como Ícaro, sin temer que nuestras alas sucumban a nuestro fuego.




Besos y sed felices

sábado, enero 19, 2008

El silencio de la noche


... El silencio de la noche me dice una vez más que todavía queda mucho por andar. Y debo seguir la trayectoria de este tren que me lleva a alguna parte. Y tal vez sea cierto que en algún lugar te encuentre o que al final acabe siendo, después de todo, lo que yo siempre quise ser tal y como lo soñé.

He recorrido las vías sin miedo, en el camino se ha quedado tanta gente, tantos sueños, tantos buenos y malos recuerdos... Pero esta locomotora sigue su rumbo sin temblarle ni los rieles y yo sé que en la soledad de este vagón hay más de lo que a simple vista se ve. Yo sé que en los demás vagones viajan los que nunca se apearon, y en cada estación suben nuevos viajeros para acompañarme en este viaje.

A ratos la niebla no deja ver el paisaje y me quedo mirando mi reflejo en las ventanas, buscando inútilmente una respuesta. A veces escribo tu nombre en el vidrio pero la lluvia acaba por borrarlo y sólo te quedas en otro recuerdo más. Hay un nombre escrito y borrado en cada una de las ventanas de los reservados que he ido ocupando. Hay un sombrero cubriendo algún corazón roto en cada estación que dejé atrás.

Me quedo dormida con el traqueteo, apoyada mi cabeza en la ventana, me despierta tu beso dulce en la mejilla y me descubro envuelta en el refugio de tus brazos. Me sonríes al ver que sigo mirando adelante y vuelves a tu sitio, en algún lugar de este convoy. Viajas conmigo a donde quiera que esto nos lleve.

No pienses que estoy triste, es sólo que hay momentos en la noche en que el zarandeo no me deja dormir, hay momentos en que las preguntas se vuelven insidiosas y mi cabeza me repite una y otra vez por qué esa última estación no fue el destino que esperaba. Hay momentos en que noto que hace falta más leña en la caldera y el maquinista no parece darse cuenta. No creas que estoy bajando la guardia ni dejándome arrastrar, que va, estoy simplemente mirando el trayecto recorrido, por si hay pistas de cuando llegaré a mi destino.

Besos y sed felices

sábado, enero 12, 2008

Evolución




Y se desnudó, como la serpiente que muda la piel, dejó caer una a una las capas del recuerdo, entregando al olvido lo que no era menester seguir recordando.

Se despojó de dolor y falsas tragedias, se limpió de aquello que le robaba la sonrisa y se mostró, frente al espejo de su alma, con la franqueza que otorga la desnudez.

Se ofreció entonces a su vida, como la mejor de las ofrendas, sacrificando en el acto los malos momentos. Enterró en el altar los pedazos de corazón. Quemó en el fuego sagrado las mentiras que no volvería a atender. Se dejó caer en el agua sagrada y renació, abriendo sus manos a nuevos destinos, mirando con ojos limpios el paisaje, como si jamás hubiera mirado.

Cerró el baúl de la culpa, perdió entre la arena cada una de las pequeñas piedras que lastraban su vuelo y sintió el agudo dolor en la espalda cuando sus nuevas alas se desplegaron extraordinarias, hermosas, hechas de nuevos sueños, de esperanzas renovadas.

Recogió de las cenizas del pasado, un nuevo corazón más fuerte y generoso, y desenterró del fango una ilusión creciente que iluminó el camino por el que sus pies empezaban ya a transitar, y con la honestidad de concebirse ella misma, sin disfraces, esperó el amanecer de una nueva era....

Besos y sed felices

miércoles, diciembre 12, 2007

Trescientas sesenta y cinco palabras y sus silencios

Llegado este momento en que el año toca a su fin, me siento, en los adentros de mi alma, junto a la chimenea del corazón, cara a cara con mi vida, la invito a una taza de té y, como la que habla con una buena amiga, le pregunto que hay de nuevo. Ella, con voz pausada, me relata todo aquello que hemos pasado juntas, lo bueno y lo malo. Me mira con ternura a los ojos cuando el recuerdo es triste, como el de mi abuela que decidió una tarde cálida de verano, irse con el sol. Me sonríe tierna mi vida, cuando recordamos esos pequeños espacios robados a la felicidad, las tardes en Granada, con buena compañía, las fiestas, junto a mi buen amigo, con quien redescubrí a mi nenita interior, que andaba algo escondida... Volver a Marrakech y dejarse llevar por sus calles, Djmaa el Fna y su ambiente nocturno, los amigos de esa parte del mundo y un pedacito de Senegal en una terraza marroquí.

Mi vida me recuerda seria los momentos más duros, los retos, como volver a estudiar y salir airosa en la batalla, superar miedos y fracasos y volver, una vez tras otra, a levantar el vuelo como un buen Ave Fénix.

Es en este momento exacto, cuando volvemos a mirar diciembre, el mes en el que nacimos, mes que es principio y fin a un tiempo, en que, frente a la chimenea, el frío rodeando las paredes de nuestro refugio, ambas nos batimos, como dos guerreras irreductibles, contra el tiempo, enemigo común, y nos retamos, como las más nobles de las rivales, para que el año venidero nos maraville a ambas, de nuevo, con una lluvia de sorpresas y acontecimientos que nos recuerden que no podemos vivir la una sin la otra, que yo soy ella y ella es mi vida, y por más que a veces estemos reñidas y no nos entendamos, en el fondo nos amamos. Es en ese instante cuando nos abrazamos y ella renace como un ave sublime, para retomar el vuelo y así indicarme un nuevo rumbo a seguir.

Besos y sed felices



Promocion Navidad

martes, diciembre 11, 2007

Alguien que cuide de mí



Recuerdo un día de sol, entrando el otoño, los columpios a los pies de los chopos, los chopos moviendo sus ramas al ritmo que el viento les marcaba y yo columpiándome. Tendría unos seis o siete años. Mis amigas se columpiaban a mi lado. Hablábamos del futuro, ellas se veían casadas con un médico o un abogado, con muchos niños. Amas de casa, idea que mezclaban con las nuevas que llegaban para las mujeres en aquellos momentos de transición y cambios... No hacía mucho que había muerto en un trágico accidente de avión, en Alaska, Félix Rodríguez de la Fuente, mi gran ídolo... Y mientras ellas hablaban de casas llenas de niños, de maridos perfectos y vidas en rosa chicle, yo les decía que nunca me casaría y que desdeluego no tendría hijos. Yo entonces soñaba con ser reportera gráfica de primera línea de frente, como aquellos que tomaban las fotos en Vietnam. Y si no, sería como Félix Rodríguez de la Fuente. Consideraba yo en aquel entonces que era, en ambos casos, una vida no exenta de peligro y no podía arriesgarme a dejar una familia rota si perdía la vida.

En aquellos días, mientras mi familia se iba rompiendo en pedazos, yo me escudaba del miedo negándome a lo convencional. Y en secreto soñaba con príncipes azules bailando conmigo, mientras pájaros y ardillas cantaban para nosotros.

Me he pasado media vida topándome con los tipos menos adecuados, escapando del príncipe azul por la puerta de atrás.

Anhelo los abrazos, las muestras de amor, escuchar dos simples palabras dichas desde el fondo. Alguien que cuide de mí. Alguien a quien cuidar. Alguien que quiera matarme y se mate por mí.

Hay momentos en que miro el silencio de mi casa vacía. Escucho la imagen solitaria que el espejo me devuelve y toco el aroma ausente que no acaricia mi piel... No es difícil encontrar alguien que caliente el espacio vacío de mi cama. Pero anhelo aquellas palabras absurdas, esas pequeñas tonterías, esos momentos robados a un beso.

Asumo que la vida está demasiado cara como para que alguien quiera arriesgarse... Y a veces me pregunto si alguna vez alguien me querrá. A pesar de aceptar la realidad, hay una princesita traviesa paseándose por el laberinto de mi alma, que a veces me pregunta por el príncipe que venga a rescatarla, para consentirla y hasta dejarla libre de mis cadenas.

Hay días que miro sin mirar y me dejo llevar por los sueños, vuelvo a ser Buttercup y espero ese canalla capaz de repetirme, hasta la saciedad “como desees” por no decir “te amo”, que a veces es más fácil buscar sinónimos.

Y no es que necesite a nadie para ser feliz, pero quisiera poder dejarme llevar a veces, tener un regazo donde descansar mi cabeza y poder cerrar los ojos. Hace tanto tiempo que escuché por última vez “te amo”, que he olvidado el sonido de esas palabras, el revuelo de mariposas, lo bien que a veces sienta saberse la protagonista del sueño de otro.

Hay momentos en que el rosa no me parece un color tan repelente...

Besos y sed felices



miércoles, noviembre 28, 2007

Convergencia


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Cierro los ojos, te presiento cerca. Los abro y veo tu mirada acariciando lentamente cada centímetro de mi piel. Mojas tus labios y sigues recorriéndome entera, ahora persigues mi aroma y mantienes la distancia exacta que deja demasiado lejos tus manos y demasiado cerca tu aliento, pero no me dejas acariciarte, te limitas a respirarme, como si yo fuera el aire que necesitas para vivir.

Acercas de nuevo tu mirada a la mía. Me sonríes, pícaro, y tus dedos rozan, casi de manera accidental, mi pecho. Me estremezco y por un segundo me distraigo y aprovechas el descuido para besarme.

Tus labios se apoderan de los míos, tu lengua escruta el laberinto de mi boca. Me paladeas, como si fuera el mejor de los vinos, buscas los matices, y me bebes con la sed del que desea embriagarse de pasión. Me separo un segundo del abrazo de tus labios y busco tu mirada, pero vuelves de nuevo a enredarte en un beso prolongado y empiezo a perder la noción del tiempo.

Tu mano recorre mi espalda, mi nuca, se enreda en mi pelo y vuelve de nuevo a mi nuca para ceñirme a ti, con la vehemencia del tiempo en que no me has gozado, y es tu abrazo quien me confiesa cuanto me echabas de menos.

Separas tus labios de mi boca y recorres con ellos el linde de mi cara, para regocijarte en mi cuello, asumiéndolo, asediando cada centímetro de piel, y tus manos recorren mi cintura, buscan mis caderas, aprehendiendo para sí todo lo que encuentran.

Me abrazas un momento y me susurras al oído esas palabras que no me dirías nunca en voz alta. Vuelves a tomar mi cuerpo que ya es tuyo y me llevas, sin mediar palabra, a tu cama, tu territorio, y sé que aceptaré sin miramientos tu pleitesía, mientras te entregas de nuevo al vicio de mis caricias, a la adicción de mis besos, al exceso de beberte mi cuerpo entero, a la tentación de que mi lengua recorra toda tu piel sin recato, y a pesar del frío que hace fuera, entre tu cuerpo y el mío el calor es extremo.

Te rindes a mis manos, que juegan contigo, te acarician, te provocan, y luego te dejan con las ganas de más, y me suplicas que no pare, y yo, perversa, te hago sufrir lo justo, para volver a devorarte luego, con el ansia que confiesa cuanto te echaba de menos.

Cambias las tornas y me abates, ahora mandas tú y me sometes a tus labios. Pierdo el control, dominada por tu lengua y me entrego extenuada en convulsiones de placer, pero no me das tregua, sigues acariciándome, cabalgas sobre mí, domándome a puro fuego.

Te doblego ahora, te dejas vencer y yo marco el ritmo, llevándote al mismo cielo y dejándote descender luego para volver a elevarte una vez tras otra hasta que caes exhausto en mi abrazo.

Me besas dulce, me miras hablándome sin palabras, me acaricias y al fin te duermes envolviéndome con tu cuerpo.

Besos y sed felices

lunes, noviembre 19, 2007

¿Qué voy a hacer sin ti?

¿Y que voy a hacer con todas estas caricias, con todos estos besos, con estos abrazos que esperaban colmar tus días, ser tu abrigo, el cobijo de tus sueños?

¿Dónde voy a guardar ahora este cariño, este deseo que sólo se calmaba en el calor de tu regazo?

¿Qué voy a decirles a mis sueños, que locos se volvían cada vez que tu me mirabas, que entre tus caricias, hacían ellos su casa?

¿Cómo voy a explicarle a mi sonrisa que ya no puede esperar tus besos, cómo le voy a decir que no serán tus palabras las que vengan a robarla, ni tu alma el hogar que ella buscaba?

¿Quién va a explicarle a mis ojos que ya no pueden perderse en tu mirada, que tu te has ido y ya sólo me queda tu espalda?

¿Cómo voy a calmar este frío, quien va abrazarme en estas noches largas, que voy a hacer con este amor que en secreto te rondaba?

Antes de irte, dime ¿qué voy a hacer, si tu no vuelves, con este corazón que sin ti no late, que a ti te nombra y que de tu abrazo, de tus besos se alimentaba?




Besos y sed felices

jueves, noviembre 15, 2007

Batallas perdidas



Desafiando mi propio destino, una vez más, me enfrenté al miedo y a la prudencia. He vuelto a alzar mi espada, a calzarme el escudo en mi brazo, a mirar desafiante a mi propio destino.

Y una vez más mi destino ha vuelto a recordarme quien tiene las de ganar en esta batalla sin sentido.

Volví a cerrar los ojos al pasado, a mirar hacia delante a pensar que tal vez no erraría de nuevo mis pasos. Y una vez más estoy aquí, herida, y esta vez de muerte. Sin más fuerzas para más cruzadas.

He alzado mi espada, cargado mi escudo, llevado esta pesada armadura, hecha del dolor de cada derrota. He tensado nuevamente mi arco, he afilado mi daga y ensillado mi caballo tantas veces que ya he perdido la cuenta. Y una vez más he caído a los pies de mi mala suerte, de mis pasos desacertados, de mis errores constantes, de mí misma a fin de cuentas.

He aporreado mi muro tantas veces como veces he caído. Me he revelado contra mi suerte y mi designio. He bebido la sangre de mis heridas, me he comido mi propio corazón descuartizado, he limpiado mis llagas con mis lágrimas, me he reído de mi suerte, he ardido y resurgido de mis propios fracasos. Y otra vez estoy aquí, el alma hecha añicos, sin corazón ni hueco, desangrándome por mil heridas engangrenadas y llenas de gusanos que claman por mi aniquilación.

He luchado. Le he dado la espalda a mis errores y mis fracasos. Me he levantado tantas veces como he caído. Menos una. Menos esta última. Ha llegado el descanso de esta guerrera. Ha llegado el momento de no luchar más, de entregar las armas.

He lidiado todas mis batallas y todas las he perdido. Sé que hay ahí fuera quien me dirá que la próxima será distinta. Sé que hay quien confía en mi victoria arguyendo que lo merezco. Pero es mentira. No merezco nada. Sólo este desasosiego, este vacío, este crepitar de llamas que empiezan a convertirme en cenizas. Pero yo no soy el ave fénix y esta vez voy a dejarme consumir en este fuego. Ha llegado el fin, el momento de marcharse. Se acabó mi tiempo.

Besos y sed felices

Porque hay momentos en que lo mejor tal vez sea rendirse. O morir con las botas puestas.

jueves, noviembre 08, 2007

Priscila, capítulo 6



El otoño ya había marcado con sus señas claras y perfectas la ciudad, que mostraba árboles limpios de hojas, y nubes de vapor saliendo de las bocas de los transeúntes. Envuelta en mi abrigo de franela gris marengo, la bufanda roja rodeando mi cuello, caminaba por las calles, a la luz de las farolas, dejándome envolver por el frío suave y con el paso firme: mis pies conocían bien el camino hacia Priscila.

Ella esperaba en su casa, cálida y perfumada con el té de rosas que ya descansaba en la tetera, sobre la mesa de la cocina. Cuando me abrió la puerta, envuelta en su chaqueta de lana verde, llevaba en sus manos un viejo álbum. Me dio dos besos y me acarició la cara con cierta dulzura y, sin mediar palabra, se encaminó a la cocina, sin girarse, sabiendo que yo la seguiría.

Sirvió el té siguiendo su ceremonia, y sus manos parecían volar como mariposas, con esa delicadeza que la caracterizaba. Había dejado el álbum delante de mí y con una mirada me indicó que lo ojeara. Eran fotos en blanco y negro. Lugares que no conocía, en algunas imágenes podía ver hombres y mujeres orientales, deduje que eran japoneses. Había alguna foto en color, muy pocas, y en ellas podía ver unos jardines preciosos, de un colorido formidable.

Ajena a mi mirada asombrada, y con su calma habitual, Priscila encendió su pipa, dejó salir unos aros perfectos de humo de su boca, y comenzó a hablar:



- Llegué a Japón en otoño... Dejaba una pequeña isla para venirme a una más grande. Mi corazón seguía en la arena de aquella playa, enterrado entre orquídeas y besos. Sus ojos, seguían mirándome desde su azul profundo, la tristeza empapando hasta su alma y en mi corazón resonando aquel viejo bolero que cobraba sentido... Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más...

>> Bajé del avión con lágrimas en los ojos que inundaban mi corazón, cegada en el recuerdo, apenas miré a mi alrededor. Sólo al subir al tren que me llevaba de Tokio a Kyoto me di cuenta de que estaba a miles de kilómetros de todo lo que conocía. Mis ojos se colmaron de colores, a mi alrededor el paisaje cambiaba del rojo intenso al verde más vivo, del amarillo ocre al naranja penetrante. Jamás en mi vida un bosque me había ofrecido semejante espectáculo de colores. Para mí, en mi corazón, Japón siempre será esa estampa otoñal de una belleza extrema, capaz de borrar hasta la tristeza más profunda... El otoño siempre fue un sinónimo de melancolía, pero al ver aquel hermoso paisaje, cambió el significado.

>> La estación de Kyoto me sorprendió, tan grande, llena de trenes y gente.

>> Gracias a mi madre y a sus exigencias, hablaba un buen japonés que me fue muy útil para llegar al hotel donde pasaría mis primeros días.

>> Me quedaba fascinada escuchando el hablar pausado de aquellas damas de edad indefinida, observaba con detenimiento el quehacer de los vendedores ambulantes, de los tenderos, de los barrenderos... Todo en sus movimientos parecía tener un sentido, dedicaban su tiempo, ese momento, a lo que hacían y disfrutaban con ello. Me sorprendió tanto, querida niña, y al tiempo me fascinó esa forma de vivir la vida, que a partir de ese instante decidí que yo debía aprender a disfrutar de cada gesto, de cada trabajo, de cualquier cosa, por sencilla que ésta pudiera parecer.



>> Mis primeros días en kyoto los dediqué a recorrer sus calles, sus jardines, sus antiguos templos. Me hechizaba aquella ciudad que conservaba los vestigios de una cultura milenaria, su esencia, a pesar de los cambios.

>> El cuarto día fui a una de las pocas okiya que quedaban en pie y en funcionamiento. Era una de las más prestigiosas. Una vieja amiga de mi madre, japonesa, había conseguido que me aceptaran, a pesar de mi edad, para intentar aprender todo lo que me fuera posible de su arte. Me abrió la puerta una niña de mirada huidiza, que no pasaría de los doce años y tras un ceremonioso saludo, me llevó hasta la madre de la okiya, y me quedé sobrecogida al verla: Vestía un kimono de seda natural en un azul cobalto que resaltaba de manera imponente la palidez de su maquillaje. Todo él estaba bordado en plata y turquesa, mostrando un hermoso paisaje nocturno, la luna llena sobre un lago iluminando brevemente unos sauces. El obi, en ámbar, rodeaba su esbelta figura enlazándose a su espalda con dibujos florales también en plata. Sus mangas eran más bien cortas, dada la edad y experiencia de mi anfitriona. Su pelo lucía un tsubushi shimada, el moño habitual de las geishas más experimentadas, con un hermoso tocado, una pequeña peineta de marfil, tan sencilla como elegante.

>> Me sirvió un té de jazmín delicioso, con una elegancia innata y no pronunció palabra alguna hasta que ambas bebimos un pequeño sorbo. Su voz era suave, muy dulce y aterciopelada. Empezó a explicarme que las enseñanzas que iba a recibir eran tan antiguas como respetadas en Japón. Cualquier joven que decidiera seguir la formación para ser geisha era admirada y adquiría, a la larga una posición especial en su cultura. Me explicó que no era habitual tener occidentales en sus okiya, pero yo venía bien apadrinada, claro que no debía defraudarla. Me dijo que empezaría al día siguiente mi formación, que debía trasladarme a la okiya y dejar mi hotel, pues sólo así podría convertirme en una geisha. Me preguntó después por mi madre, y le entristeció saber que había muerto dos años atrás de un cáncer que fue implacable y cruel en sus últimos días. Se quedó mirándome en silencio y una lágrima resbaló lenta por su mejilla, sin gestos, sin lamentos, simplemente, con esa majestuosidad que la revestía, me dejó ver el aprecio que sentía por mi madre y cuanto le sobrecogía su muerte. Al cabo de unos minutos me preguntó por Naizen, la amiga de mi madre y yo la puse al día. Afortunadamente Naizen gozaba de buena salud y seguía dando sus clases de japonés sobretodo a mujeres. Le dije que había proliferado la cultura japonesa entre algunas mujeres emprendedoras que veían más fácil entablar negocios en oriente que en occidente. Después ella volvió a hablarme de las estrictas normas de la okiya. Al cabo de lo que me pareció un momento, me indicó que ya era tarde y debíamos despedirnos, que me esperaba al día siguiente a las nueve con todo mi equipaje. Cuando salí de la casa, miré la hora: Había estado cuatro horas con aquella mujer y a mí me habían parecido veinte minutos.


Priscila silenció con una sonrisa divertida en su cara. Luego me miró directamente a los ojos y me dijo:

- ¿Te das cuenta, mi querida niña? A ti te pasa lo mismo cada vez que me visitas, aaaaaaah, querida, eso es arte, el arte de una geisha no sólo está en sus gestos, también en sus palabras.. y en sus silencios... Pero será mejor que te vayas a casa, es tarde y no quiero que cojas frío. Te espero mañana. Por cierto, ¿te has fijado en esta foto?, justo esta, donde aparecen dos geishas sonrientes. La de la izquierda soy yo...


Me sorprendió otra vez Priscila con sus revelaciones, era tan hermosa aquella foto y sobretodo las dos mujeres, ataviadas con sus kimonos de seda y hermosos bordados, ambas peinadas igual, largas melenas lacias y de color azabache ... Priscila con el pelo negro. La única pista que me reveló que efectivamente era ella, fue su mirada ambarina y expresiva, la misma de ahora, a pesar de los años.

Besos y sed felices

jueves, octubre 25, 2007

Amar



Mi cabeza anda preguntándose que es amar.. Y por más que intento darle explicaciones, ella, tozuda, insiste. Y yo merodeo la pregunta, la revuelvo y acabo encontrándome ante un muro hecho de interrogantes sin respuesta y queriendo saber si acaso pude perder la capacidad para amar en el camino. O si alguna vez he amado, lo que se dice amar, amar con el alma, o con el corazón.

Como se puede saber si todavía existe la posibilidad, si a pesar de tantos errores o caminos equivocados, aún hay algo dentro capaz de sentir mariposas revoloteando en mi interior. Tal vez la equivocación no fue amar o entregarse, tal vez nunca he amado realmente. Y cómo se puede saber que una sabe lo que es amar si ni tan siquiera puedo saber si alguna vez he amado.

A fuerza de caerme una vez tras otra, ahora siento miedo, tanto tanto miedo que ni siquiera sé si puedo amar. Y aquí ando, lágrima en mano, el corazón perdido en las batallas, la lluvia cayendo y yo buscando respuestas donde no las hay.

Se me remueve algo dentro cuando me besa, sus abrazos son el refugio donde quisiera vivir mi vida, pero no sé que siento, ni tampoco que voy a sentir o si al sentir lo que siento a la larga acabaré amándole.

Más que nunca camino a ciegas, tropezando en el camino con mis propias torpezas y la duda en el alma, y mi huequito de corazón palpitando, a veces ensanchándose, otras, en cambio, achicando, doliendo como la muela del juicio ¿será que está naciendo un corazón nuevo?.

Ahora que parece que él camina hacia delante, dejándose llevar, aunque con reservas, soy yo la que se queda paralizada en esta oscuridad, rodeada de mil dudas, de mil miedos, hasta de los celos que nunca concebí, y en este entreacto dudo de mi capacidad para sentir y vuelvo a tropezar con mi confusión, el frío se apodera de mi y pienso que tal vez no sea capaz de librar esta batalla...

La batalla del amor, del sentimiento a puro fuego, dejando a un lado la razón, entregarse a una caricia y dormirse en el cálido lecho de un beso dulce. Sentir que el sueño de él llega con mi abrazo, que podría quedarme eternamente en su mirada, sin palabras, y pensar que podría ser éste el camino que he estado buscando toda mi vida... Y tengo miedo, mucho miedo, tanto que me encoge el alma y llena todos los espacios vacíos de mil preguntas sin respuesta, quiero saber lo que nadie puede decirme, andar diez pasos por delante de mis pasos, y en el empeño caigo al suelo, aunque en esta oscura sala noto que no estoy sola, que es su mano la que para mi caída. A pesar de sus miedos, él no se ha ido, sigue a tientas buscando sus propias respuestas, pero no puedo evitar estar a la espera de su partida y ese es sin duda mi mayor miedo...

¿Y si no sé amarle, después de todo?¿y sí acabo haciéndole el daño que prometí no hacerle? Mis manos acarician su piel como si fuera el más delicado lienzo, mis besos se posan en sus labios como mariposas, apenas rozando por no despertar sus miedos. Y mientras duerme, y le oigo respirar, lentamente mi alma evoca dos palabras y cinco letras que mi boca no osa pronunciar, en cambio mi mente vuelve a preguntar por enésima vez, qué es amar...



Besos y sed felices

jueves, octubre 18, 2007

Buster, La General y yo



Cuando era pequeña me sentaba, a eso de la media tarde, delante de la tele, sin nada más que hacer, aparte de jugar. Era habitual entonces que a esas horas, y dentro de la programación infantil, pusieran películas de cine mudo. Me encantaban. Me quedaba embobada mirando la pantalla. Recuerdo aquella escena del mítico Harold Lloyd colgado del reloj... pero también recuerdo a aquel chico de mirada triste, Buster keaton, al que las cosas le salían peor todavía que al mismísimo Charlot. Recuerdo, sobretodo, “El maquinista de la General”. En aquella época mi juguete favorito era una locomotora de hojalata, que hacía el ruido del tren y pitaba, girando sobre sí. La General era aquella máquina y Buster su conductor. La verdad es que yo no sabía entonces mucho de guerras ni de hombres de uniforme, pero sí tenía claro que yo quería, por encima de todo, conducir aquella preciosidad. Me imaginaba junto a Buster, echando carbón a la caldera, o intentando, por encima de todo que no la dañaran. Me imagino sentada junto a él en el riel de las ruedas, mientras la máquina se pone en marcha, improvisando un balancín para animarnos después del rechazo de su novia.

Buster se pasa casi todo el tiempo intentando recuperar a sus dos amores: a Annabel porque si no es del ejército, ya no le quiere, y a la General porque unos desertores se la han robado. Y así, entre intentos fallidos, que al final salen bien, como el del cañón, que casi se dispara contra él mismo, como un auténtico antihéroe de los que ya no hay, recupera a Annabel y salva a la General, entrando triunfante en la estación, mientras ella, orgullosa e imponente, va dejando una hilera de silbidos y humo. Y mientras, yo, con mis ojos infantiles, mirando de hito en hito la pantalla, respirando acelerada, allí, en el suelo, sentada en la moqueta y abrazada a la locomotora de hojalata... y sonriendo porque, en aquellas películas, siempre había un final feliz.

Besos y sed felices

Este relato ya tiene tiempo, pero prometí a Enttropia que lo publicaría para que lo pudiera leer, así que lo prometido es deuda.. Besos a todos.

viernes, octubre 05, 2007

El día que fuimos felices


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El día que fui feliz no sonaban violines y tampoco había un arco iris en el firmamento, no vi florecitas lloviendo por doquier ni el cielo se volvió de mil colores.


Andaba a dos metros del suelo, y las estrellas parecían estar a mi alcance. El mundo estaba en mis manos y la música sonaba para mí.


Cuanto tiempo hacía que no recordaba cuando jugaba en casa de Alex a indios contra vaqueros, yo siempre era india y le robaba su caballo balancín para galopar por llanuras imaginarias. Él protestaba porque también quería ser indio. Y aún así siempre era yo la que cabalgaba a lomos del brioso corcel, la que jugaba con sus tesoros más preciados. Era mi amigo y aunque a veces le hacía llorar, siempre estaba dispuesto a volver a jugar conmigo una vez más...


Recuerdo ahora cuando, mucho antes, jugaba con Félix mientras mis padres cenaban con los suyos. No acababa de entender por qué él poseía “aquello” y yo no... Teníamos cuatro años y pasábamos el día haciendo carreras de coches.


Años después conocí a Alberto en Santander y nos hicimos inseparables durante el tiempo de mis vacaciones. De aquello sólo me quedan sus fotos y a veces me gustaría saber cómo encontrarle para recordar cuando yo empuñaba la espada y él el puño de Mazinguer Z.


Ahora mi niña, siempre buscando con quien jugar a piratas, se ha salido con la suya y tiene un cómplice para sus diabluras. Y no es la primera vez que se encuentra con un compañero de juegos, pero esta vez ha vuelto a recordarme que hubo una vez en que la vida siempre sonreía para mí.


Mi niña ha decidido imponerse a ratos a mí, se viste de demonio y sale dispuesta a quemar la ciudad, y ha encontrado a un compinche que acepta sus travesuras, y me pregunto como es posible que no me diera cuenta el día en que fui feliz, bailando bajo la lluvia sin más preocupaciones que el no dejar de sonreír, corriendo para ser la más hábil en los coches de choque, apostando el honor por un trago largo de cerveza y dormirse arropada entre cariños y mimos.


Saber que no importa lo que diga o lo que haga, que si mis ojos lloran, estará para que dejen de hacerlo y lograr una sonrisa que dibuje el arco iris en mi mirada.


No sé como pude despistarme el día en que viendo a un ogro verde en una pantalla enorme, alguien se reía conmigo sólo para que yo dejara atrás mi tristeza.


Creo que voy a seguir despistándome mientras mi niña se va a jugar otro ratito a tu casa. Podríamos irnos a bailar sobre los anillos de Saturno, mientras llueven palomitas, tú serás luck y yo la Princesa Leya, tu serás Jack Sparrow y yo Morgan Adams y lidiaremos una batalla en alta mar, tú a bordo del Perla Negra y yo en mi Estrella de la Mañana, sable contra sable hasta que caigamos rendidos de la risa en colchones de plumas y luego brindaremos con un par de Pitufitas mientras vemos el sol salir.


Casi me despisto, que desastre, mira que es bueno tener amigos, no me dejes perderme el próximo día que seamos felices...

Besos y sed felices

martes, septiembre 25, 2007

Vuelvo a Granada


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Atardece, gira la autovía y la veo a mis pies, bajo el cobijo de la sierra imponente... Me da la bienvenida, siempre hermosa, vestida con sus luces que empiezan a encenderse y mi corazón baila a su ritmo, cuanto te he echado de menos....

Sus calles, su río, que me lleva a mi destino, camino de la Sierra, la plaza de Carretas por la que tantas veces he pasado, la calle Navas por donde mis pies van solos, directos siempre a un mismo destino donde poder ver esas caras conocidas de nuevo, los besos, los abrazos y sentirse otra vez mimada como la niña que llevo dentro.

Una “pequeñita” y una tapita que acompañe, que bueno es reírse sin parar, y un paseo por la Gran vía, para subir la interminable cuesta del Albaicín y todo es bonito, hasta las alcantarillas. El olor a jazmín inunda las calles y allí al fondo, en la noche granadina, como una joya refulgente, brilla en lo más alto la Alhambra, enmarcada desde donde estoy por un jazminero que la rodea. Desde donde mires ella siempre está, vigilante, guardando la ciudad...

Y una caña después de la subida, que no hay una sin dos, y dos tapitas para acompañar, y más risas que nos vuelvan un poco más cercanos, que bueno es tener amigos. Que bueno es volver otra vez a pisar estas calles.


Pasaremos la noche entre calles estrechas, de pasada por Elvira, y emulando a quienes le dieron ese nombre, conquistemos sus rincones, que ya es nuestra, y nosotros de ella. Y una Piraat en la cervecería, que acompañe al shuwarhma de después y un pastelito con recuerdos a Djemaa-el-Fna, y camino a Buga, para hacer nuevos amigos y bailar toda la noche y al regreso un paseo por el río mientras la sierra nos mira y el Mulhacen, a lo lejos, sonríe...

Vuelve el sol, y salir a la calle, andar de nuevo por el camino de la Sierra dirección a Navas, donde ya espera la pequeñita y los amigos de nuevo, y otra tapita, y mientras la conversación nos enreda, las cervezas desfilan acompañadas siempre por esas delicias que salen del arte culinario de Leonidas. Y se me olvida que median 400km entre mi tierra y este rincón que hago mi casa, de okupa en la Alhambra, bebiéndome su sangre dorada a largos tragos, que no hay otra cerveza que sacie igual la sed... Y tenga tanto peligro. Subimos con la panza llena por el Camino de los Tristes, aunque nosotros vamos bien alegres, que no se diga, que no hay como saberse en casa y rodearse de quien bien te quiere, y en mis manos el amor de mi vida reteniendo para mi lo que mi memoria podría osar olvidar, y a cada disparo suyo, mi corazón late más deprisa y un paso más cerca del cielo, llegando a los jardines de palacio, donde el león aguarda tras su paso por manos expertas, ya remozado para que no se noten sus siglos, que ya son muchos los ojos que lo han visto, la lluvia que lo ha mojado, las batallas que ha vivido desde su patio, junto a sus once hermanos, mientras sostenían la fontana donde las palomas bebían, dejando surtir el agua de sus fauces como la vida misma...

Y bajar por el otro lado, dejando que el jardín nos envuelva, y las risas que nos acompañan todo el trayecto y tras una buena caminata, un paseo, y tres Shuwarhmas, de nuevo en Navas, para reponerse y la noche es testigo de otro día feliz, y las estrellas cómplices nos guiarán, de nuevo, por calles alegres, hasta que la lluvia haga su presencia y un taxista amigo me deje en casa.

Y vuelve el día, con lluvia y frío, aunque una vez en mi casa de la calle Navas, no hay frío, sólo risas, amigos, la Alhambra corriendo de su grifo y la nostalgia que empieza a avisar que ya se acerca la hora de partir, pero hay que retrasarla todo lo posible, hasta que las estrellas nos anuncien que ya no hay más tiempo y que es hora de regresar...

Pero antes es necesario un té en la tetería con sabor tuareg, y un momento de enlace entre dos tierras que amo, y mientras un trocito de corazón se queda en algún rincón de estas cuestas, otro clama desde las dunas y por un momento mis raíces ancestrales vienen a recordarme que alguna vez fui hija del desierto.

Llega la hora de la despedida, y besos y abrazos y sonrisas con miradas tristes, y la promesa de volver de nuevo, y al alejarme, veo Granada brillar con sus luces de neón y a lo lejos la sombra de la siempre presente Sierra Nevada, guardando su ciudad encantada, y un cielo lleno de estrellas que me guían hacia casa, y me dejan marcado el camino de regreso, que me he dejado un trocito de corazón en el Albaicín, para que oiga su latido cuando mire hacia el sur...

Besos y sed felices

lunes, septiembre 24, 2007

Le Mâitre Du Silence




El silencio no tiene límites, los límites los pone la palabra”... Y ayer el silencio se quedó sin su mejor traductor. Se fue en un tranquilo silencio, apacible, como siempre supo vivir cada segundo de su vida y nos dejó el mejor legado, nos enseñó como nadie a escuchar lo que las palabras no dicen.



“Señorita, por favor, ¿sería tan amable de coger una flor para mí y dármela?”

Así podía recibirte este maestro de la imaginación en cualquiera de sus clases, capaz de construir un mundo, un espacio, el universo entero tan sólo con sus manos, con su cuerpo y sin articular palabra alguna...

Ayer el silencio lloró lágrimas de palabras, dejó al aire mariposas hechas de manos, y desde el maquillaje de miles de mimos, la lágrima dibujada cayó desolada en los escenarios que ya no volverá a pisar, donde ya no volverá nadie a caminar contra el viento...

Se quedó el corazón volando entre un pájaro de brazos y un muro de aire y palmas de mano... Se quedó el sombrero de copa arrugado, con su flor entristecida, mudo hasta el silencio, vacías las palabras y la sonrisa girada del revés... Se fue a coger flores de aire de jardines imaginarios, allá donde van los buenos, y aquí nos dejó un león hecho de aire que ya no encuentra donde saltar, y una cuerda de humo con la que ya nadie juega... Se fue y nos dejó con su silencio, sin más palabras que decir....

Un beso y el caminar contra el viento que me enseñaste, intentaré alcanzarte con tu cuerda, tal y como tu lo hacías, construiré muros de aire con mis manos y ladrillo a ladrillo, voy a buscar el camino que me permita entregarte la flor que nunca pude coger para ti. Con mi corazón latiente entre las manos, como tu solías enseñarnos, así te digo: Toujours je vous rappellerai, toujours vous j'aimerai, mon cher Maître du Silence.





A Marcel Marceau

Besos y sed felices


miércoles, septiembre 12, 2007

Apenas nada



Como una pulguita. Una mancha en el suelo, una sombra apenas visible en el negro.

Como el sabor del agua, apenas perceptible, como los minutos de la basura en un partido de baloncesto, como alas demasiado pequeñas para volar.

Como el humo que el viento se lleva, la ceniza del cigarro, como la luz de una vela que se apaga, la cera derretida.

Como un pañuelo ya inservible, la tierra yerma, la luna en un día de sol.

Así de pequeña, insignificante, absurda “como un torero al otro lado del telón de acero”, como los besos que nunca se dieron, las caricias perdidas en unas manos muertas.

Tan perdida entre el silencio y la palabra que se queda suspendida en los labios, tan sutil, tan invisible, tan insignificante como un neutrón sin átomo.

Sólo un borrón de una libreta manchada, un espacio inconcluso, demasiado poco importante, tan fácil de romper que no vale la pena molestarse en despedazar.

Como la noche que no ha de llegar, el día que pasó sin pena ni gloria, el sol en un día de lluvia, el agua que llueve sobre mojado.

Sin más ganas de ser más que una H muda, por no hacer ruido ni al andar, caminar de puntillas, volverse todavía más fútil, más cercana a la nada que el vacío.

Voy a quedarme aquí, en este silencio sin sentido, en este espacio indefinido, demasiado oscuro para estar iluminado, demasiado iluminado para estar oscuro. Voy a dejarme diluir con los restos del maquillaje, como un hielo en el desierto. Ser arena entre los dedos, argón desperdigado en el aire, letras escritas con tinta invisible en un papel que arde.

Dormirme sin sueños, no creer en nada, tener la esperanza muerta, el corazón perdido, el alma en huelga.

Los ojos cerrados, sorda voluntaria, guantes en las manos, la boca cerrada y la nariz taponada.

Una pulguita, una manchita gris sobre el asfalto, apenas nada... Silencio.


Besos y sed felices

miércoles, septiembre 05, 2007

Cosquillas en el alma



Atardece, afuera la lluvia deja sendas de agua en las aceras. Si cierro los ojos puedo oler el otoño cercano, la tierra húmeda de las montañas, el aroma a café recién hecho sobre la mesa de una cafetería cercana...

Hasta donde me lleva mi mirada, no la de los ojos, sino la del alma, puedo ver la plaza otra vez, escuchar entremezclados en mis latidos, los timbales, y percibir el aroma de un té a la menta, y más allá, sólo un poco más allá sentir la arena cálida de mi desierto haciéndome cosquillas en la planta de mis pies desnudos.

Suena el campanario y regreso a mi ventana, la farola ya alumbra los diamantes que la lluvia ha dejado, y espejos de agua me devuelven el reflejo de una luna que asoma tímida, se me escapa la sonrisa y vuelvo a sentir las cosquillas que tu mirada me hace en el alma...

Sentir que alguien te hace cosquillas en el alma... Y dejarte arrastrar por olas de paz en este mar tranquilo rebosante de cariño. Y mirar hacia el horizonte para encontrar una senda de estrellas que te guíen hacia el infinito amor de un abrazo dado con el corazón al descubierto...

Caminar en la oscuridad de este espacio desconocido, a paso lento, sorteando el miedo, sin más armas que las manos llenas de caricias, saborear cada segundo y vestir la piel con tu aroma. Exponer el flanco izquierdo aún a sabiendas que ya no queda espacio para más cicatrices, pero que voy a decir, si amo el riesgo.

Silencio de paz anidada en el hueco, ganada a pulso en batallas perdidas, la entereza es el arma que nunca falla, y dibujo con mis pies descalzos el camino a seguir sobre la arena de esta playa tranquila que son tus silencios, tus sonrisas, dejándome llevar de nuevo por el oleaje de tu mirada, que me envuelve, me atrapa, me domina y yo, aún intuyéndome perdida, claudico.

La noche me acoge en su abrazo dulce, y sonrío. El aire húmedo que quedó al irse la lluvia, eriza mi piel y me recuerda el tacto de tus labios cálidos. Siento otra vez el hormigueo rozándome el alma y mi risa suena en el silencio, como cascabeles, como cristales de un atrapa-sueños repiqueteando entre sí... Que calma queda tras la tormenta. Me invade y me dejo arrastrar a un sueño tranquilo donde tu abrazo será mi tregua.



Besos y sed felices