El otoño ya había marcado con sus señas claras y perfectas la ciudad, que mostraba árboles limpios de hojas, y nubes de vapor saliendo de las bocas de los transeúntes. Envuelta en mi abrigo de franela gris marengo, la bufanda roja rodeando mi cuello, caminaba por las calles, a la luz de las farolas, dejándome envolver por el frío suave y con el paso firme: mis pies conocían bien el camino hacia Priscila.
Ella esperaba en su casa, cálida y perfumada con el té de rosas que ya descansaba en la tetera, sobre la mesa de la cocina. Cuando me abrió la puerta, envuelta en su chaqueta de lana verde, llevaba en sus manos un viejo álbum. Me dio dos besos y me acarició la cara con cierta dulzura y, sin mediar palabra, se encaminó a la cocina, sin girarse, sabiendo que yo la seguiría.
Sirvió el té siguiendo su ceremonia, y sus manos parecían volar como mariposas, con esa delicadeza que la caracterizaba. Había dejado el álbum delante de mí y con una mirada me indicó que lo ojeara. Eran fotos en blanco y negro. Lugares que no conocía, en algunas imágenes podía ver hombres y mujeres orientales, deduje que eran japoneses. Había alguna foto en color, muy pocas, y en ellas podía ver unos jardines preciosos, de un colorido formidable.
Ajena a mi mirada asombrada, y con su calma habitual, Priscila encendió su pipa, dejó salir unos aros perfectos de humo de su boca, y comenzó a hablar:
- Llegué a Japón en otoño... Dejaba una pequeña isla para venirme a una más grande. Mi corazón seguía en la arena de aquella playa, enterrado entre orquídeas y besos. Sus ojos, seguían mirándome desde su azul profundo, la tristeza empapando hasta su alma y en mi corazón resonando aquel viejo bolero que cobraba sentido... Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más...
>> Bajé del avión con lágrimas en los ojos que inundaban mi corazón, cegada en el recuerdo, apenas miré a mi alrededor. Sólo al subir al tren que me llevaba de Tokio a Kyoto me di cuenta de que estaba a miles de kilómetros de todo lo que conocía. Mis ojos se colmaron de colores, a mi alrededor el paisaje cambiaba del rojo intenso al verde más vivo, del amarillo ocre al naranja penetrante. Jamás en mi vida un bosque me había ofrecido semejante espectáculo de colores. Para mí, en mi corazón, Japón siempre será esa estampa otoñal de una belleza extrema, capaz de borrar hasta la tristeza más profunda... El otoño siempre fue un sinónimo de melancolía, pero al ver aquel hermoso paisaje, cambió el significado.
>> La estación de Kyoto me sorprendió, tan grande, llena de trenes y gente.
>> Gracias a mi madre y a sus exigencias, hablaba un buen japonés que me fue muy útil para llegar al hotel donde pasaría mis primeros días.
>> Me quedaba fascinada escuchando el hablar pausado de aquellas damas de edad indefinida, observaba con detenimiento el quehacer de los vendedores ambulantes, de los tenderos, de los barrenderos... Todo en sus movimientos parecía tener un sentido, dedicaban su tiempo, ese momento, a lo que hacían y disfrutaban con ello. Me sorprendió tanto, querida niña, y al tiempo me fascinó esa forma de vivir la vida, que a partir de ese instante decidí que yo debía aprender a disfrutar de cada gesto, de cada trabajo, de cualquier cosa, por sencilla que ésta pudiera parecer.
>> Mis primeros días en kyoto los dediqué a recorrer sus calles, sus jardines, sus antiguos templos. Me hechizaba aquella ciudad que conservaba los vestigios de una cultura milenaria, su esencia, a pesar de los cambios.
>> El cuarto día fui a una de las pocas okiya que quedaban en pie y en funcionamiento. Era una de las más prestigiosas. Una vieja amiga de mi madre, japonesa, había conseguido que me aceptaran, a pesar de mi edad, para intentar aprender todo lo que me fuera posible de su arte. Me abrió la puerta una niña de mirada huidiza, que no pasaría de los doce años y tras un ceremonioso saludo, me llevó hasta la madre de la okiya, y me quedé sobrecogida al verla: Vestía un kimono de seda natural en un azul cobalto que resaltaba de manera imponente la palidez de su maquillaje. Todo él estaba bordado en plata y turquesa, mostrando un hermoso paisaje nocturno, la luna llena sobre un lago iluminando brevemente unos sauces. El obi, en ámbar, rodeaba su esbelta figura enlazándose a su espalda con dibujos florales también en plata. Sus mangas eran más bien cortas, dada la edad y experiencia de mi anfitriona. Su pelo lucía un tsubushi shimada, el moño habitual de las geishas más experimentadas, con un hermoso tocado, una pequeña peineta de marfil, tan sencilla como elegante.
>> Me sirvió un té de jazmín delicioso, con una elegancia innata y no pronunció palabra alguna hasta que ambas bebimos un pequeño sorbo. Su voz era suave, muy dulce y aterciopelada. Empezó a explicarme que las enseñanzas que iba a recibir eran tan antiguas como respetadas en Japón. Cualquier joven que decidiera seguir la formación para ser geisha era admirada y adquiría, a la larga una posición especial en su cultura. Me explicó que no era habitual tener occidentales en sus okiya, pero yo venía bien apadrinada, claro que no debía defraudarla. Me dijo que empezaría al día siguiente mi formación, que debía trasladarme a la okiya y dejar mi hotel, pues sólo así podría convertirme en una geisha. Me preguntó después por mi madre, y le entristeció saber que había muerto dos años atrás de un cáncer que fue implacable y cruel en sus últimos días. Se quedó mirándome en silencio y una lágrima resbaló lenta por su mejilla, sin gestos, sin lamentos, simplemente, con esa majestuosidad que la revestía, me dejó ver el aprecio que sentía por mi madre y cuanto le sobrecogía su muerte. Al cabo de unos minutos me preguntó por Naizen, la amiga de mi madre y yo la puse al día. Afortunadamente Naizen gozaba de buena salud y seguía dando sus clases de japonés sobretodo a mujeres. Le dije que había proliferado la cultura japonesa entre algunas mujeres emprendedoras que veían más fácil entablar negocios en oriente que en occidente. Después ella volvió a hablarme de las estrictas normas de la okiya. Al cabo de lo que me pareció un momento, me indicó que ya era tarde y debíamos despedirnos, que me esperaba al día siguiente a las nueve con todo mi equipaje. Cuando salí de la casa, miré la hora: Había estado cuatro horas con aquella mujer y a mí me habían parecido veinte minutos.
Priscila silenció con una sonrisa divertida en su cara. Luego me miró directamente a los ojos y me dijo:
- ¿Te das cuenta, mi querida niña? A ti te pasa lo mismo cada vez que me visitas, aaaaaaah, querida, eso es arte, el arte de una geisha no sólo está en sus gestos, también en sus palabras.. y en sus silencios... Pero será mejor que te vayas a casa, es tarde y no quiero que cojas frío. Te espero mañana. Por cierto, ¿te has fijado en esta foto?, justo esta, donde aparecen dos geishas sonrientes. La de la izquierda soy yo...
Me sorprendió otra vez Priscila con sus revelaciones, era tan hermosa aquella foto y sobretodo las dos mujeres, ataviadas con sus kimonos de seda y hermosos bordados, ambas peinadas igual, largas melenas lacias y de color azabache ... Priscila con el pelo negro. La única pista que me reveló que efectivamente era ella, fue su mirada ambarina y expresiva, la misma de ahora, a pesar de los años.
Besos y sed felices