Vivo de ilusiones, o de esperanzas. Creo ver lo que no existe, y hay imágenes que se me repiten en mis sueños y a veces creo que son reales.
Creo que tal vez llame, o tal vez vuelva, o tal vez exista. Pero es sólo ilusión Optica, un engaño, como las imágenes estáticas que parecen moverse.
En el fondo, o en el trasfondo de la vida, todos acabamos por ver lo que no existe, por creernos lo que nos gustaría y en realidad, sólo vemos un rayo fugaz de luz, un caballito de mar en una nube que pasa, o la sombra de quien nos gustaría encontrarnos.
¿Y qué más da? La cuestión es ser felices, aunque sólo aparentemos serlo, la cuestión es sonreír y que parezca que todo va bien, al final acabamos por creérnoslo y todo se pasa, o se pasará cuando menos lo esperemos.
Hay quien genera imágenes virtuales de sí mismo para hacernos creer que es quien realmente no es. ¿Y cómo se distingue una ilusión óptica, un espejismo, de la realidad?¿y realmente queremos ver la imagen real? porque alomejor nos decepciona que todo no sea tan bonito. A veces no vale la pena despertar, Neo, ya viste que la realidad no era tan bonita como tu sueño, y tú creíste que tu sueño era malo...
Ya ves Segismundo que el amor solo es como dijo Bécquer un rayo de luna que se reflejó en el jardín, y aún así no dejas de perseguirlo:
"y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende".
Yo soñé contigo, y tal vez tú existite en el frágil espacio de una gota de agua que al caer al suelo estalla en mil gotas...
Tal vez cada gota contenga un estracto real de un sueño irreal que yo creí cierto...
Tal vez vuelva a dejar que otra imagen de caleidoscopio, tan falsa como la última, me haga sonreír. O tal vez ya no soy capaz de ver más allá de lo que realmente existe...
De momento te dejo mi sonrisa, que tal vez sea un engaño más, otra ilusión óptica, o puede que esta vez esté sonriendo de verdad... Quien sabe.
"Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.
La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.
En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.
-¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!..., ¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco -exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.
Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.
-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie!
(...)
Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?
Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?
Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines.
La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.
Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto.
Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.
Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.
Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.
Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante.
Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas."
Besos y sed Felices.