lunes, agosto 14, 2006

El Desierto y su Silencio



Llegamos al anochecer, atravesando la arena con los 4x4, haciendo surcos en la arena, carreras entre nosotros, y intentando por mi parte una tarea casi imposible: Desde el sitio que ocupaba en el jeep, en la parte de atrás, donde más votaba, hacer fotos sin flash a los otros coches... Tarea difícil y complicada.
De repente Al Hamid, al igual que el resto de conductores, paró. Bajamos y vimos ante nosotras la extensión de arena más grande que jamás he visto.
Había un silencio lleno de deseos, de aromas desconocidos, un silencio lleno de estrellas, tan profundo y poderoso que podía hasta con las risas y los gritos emocionados del grupo. Fue lo primero que me impactó. Ese silencio desconocido y a la vez tan conocido, un silencio viejo y sabio, de milenios, de paciencia, de tranquilidad. Un silencio capaz de cambiar mi alma, mi ser hasta tal punto que aún le escucho susurrarme dentro esa paz que desde aquel día siento.

A lo lejos, en esa noche llena de estrellas y una luna en cuarto creciente, pudimos ver nuestro campamento, las jaimas donde íbamos a dormir aquella noche especial, diferente a cualquiera de las que he vivido en toda mi vida. Pero yo ya sabía, ya notaba dentro, que el desierto me estaba atrapando, enredando en su maraña de arena y cielo, marcándome como una más, como una Mujer Azul, del índigo de mi pañuelo Verver (así lo escriben ellos), que rodeaba y cubría mi cabeza y mi cara.
Volvimos a los coches y descendimos un rato más desde la duna en la que estábamos hasta la planicie donde estaba el campamento, galopamos a lomos de nuestras monturas sobre arenas transitadas antaño por hermosos caballos árabes y dromedarios, y por un momento escuché a lo lejos el relinchar profundo de una hermosa yegua, de capa alazana y mirada dulce, y soñé y me dejé llevar en sus lomos, sintiendo por dentro una galopada rápida, su cola erguida, atravesando mares de arena, subiendo y bajando dunas, llegando a oasis de agua limpia y clara...

Tal vez ya he vivido en el desierto en otra vida, quien sabe, tal vez en el fondo recuperé mis raíces más ancestrales.
Llegamos al campamento, allí nos esperaban los Hombres Azules (me extrañó no ver a ninguna mujer). Tenían ya preparado un té delicioso y algunos frutos secos, me sentí en casa, mimada y cuidada por mi familia, bebiendo aquel delicioso té y comiendo unos cacahuetes para reponer fuerzas. Aquella amabilidad, aquella hospitalidad aprendida desde tiempos lejanos, que nos transmitían ahora, me devolvía todavía más calma en mi interior. Era todo fácil, a pesar de las dificultades de un terreno aparentemente hostil, la dulzura, la amabilidad de su trato no dejaba paso a la incomodidad. Daba igual estar en mitad del desierto, daba igual todo. Ellos te arropaban, te cuidaban y aquellas telas y alfombras que pudieran parecer en un momento frágiles y simples, se convertieron en la mejor de las estancias, el mejor de los hoteles, el más exquisito de los restaurantes que pueda conocer en toda mi vida.
Nos repartieron toallas y nos indicaron nuestras habitaciones. Cada habitación constaba de dos espacios separados por una cortina. En cada espacio había dos lechos, dos camastros de colchón fino y duro, con sábanas cubiertas de arena, y del tamaño justo para una persona. No había sillas ni mesas, ni nada por el estilo, sólo paredes y suelos de alfombras tapizadas, las típicas de los beduinos, y un leve techo tras el que era fácil adivinar un cielo estrellado y tan hermoso que casi se prefería a la protección de la tela.
Este no era un verdadero campamento Verver. En realidad era un albergue para turistas, y como tal, contaba con un pequeño edificio del ya acostumbrado adobe rosado, donde había servicios, duchas y hasta pilas y espejos. Todo un lujo en pleno desierto.
Nos fuimos a la ducha, las dos con nuestras toallas, dispuestas a disfrutar del mayor lujo del desierto: El agua. Nos preguntábamos si habría agua caliente, pero en realidad esta pregunta pronto se desvaneció. Las duchas eran como saunas, y lo cierto es que el agua fría, que en verdad estaba tibia debido al calor del día, se agradecía, y mucho.
Mientras dejaba que el agua me despojara de malos recuerdos y el polvo del camino, mi mente pensaba en ese preciado líquido, que ahora surcaba mi cuerpo. Por primera vez en mi vida sentí real y primordial la necesidad de cuidar cada gota, como un bien preciado. Nadie dijo nada, pero no era necesario. El agua excasea en el desierto, y de alguna forma, sientes de pronto la necesidad de no malgastarla. Así que con mi conciencia recién adquirida, me duché rápido, gastando el agua justa.
Tras la ducha cenamos en el comedor, un espacio recubierto también de alfombras y con techo, pero sólo sobre las mesas, en el centro había un agujero, una ventana a esa noche estrellada. En el centro también había dispuestos algunos instrumentos musicales: Jembés, bongos, y una especie de castañuelas que no sé como se llaman. Son dos platillos unidos por un puente, y con una pareja similar. En total cuatro platillos. Se cogen de la unión central, con una mano, y se hacen entrechocar.
La cena, una sopa caliente, ardiendo, lo mejor para regular la temperatura y quitarse el calor. Un couscous de verduras, delicioso, por cierto, pollo condimentado y de postre, melón y sandía. Es curioso, en todo el viaje nadie nos sacó los famosos dátiles, ni siquera en pleno desierto. Después un te para concluir una cena beduina.


Los hombres azules se reunieron luego en el centro, bajo el cielo estrellado, y se armaron de los instrumentos. Empezaron a tocar y cantar, y aquella improvisada batucada me hizo moverme en mi asiento, sin querer, hasta que por fin nos decidimos a salir de la jaima y dejar que la noche y la arena nos envolviera...
Al Hamid se acercó a nosotras, y con él dimos un paseo alrededor de la jaima. Al final nos sentamos en una duna cercana, pero algo separada de la tienda. Estuvimos allí no sé cuanto tiempo, charlando, bebiendo cerveza y fumando mientras el desierto nos envolvía en su espectacular silencio de mil estrellas. Pude ver hasta la vía láctea, todas las estrellas parecían haberse confabulado para venir a visitarnos en aquel lugar lejos de todo. Fui consciente de mis olvidos, todo estaba tan lejos, tan lejano en el tiempo y en la distancia que casi parecía no haber pasado nunca.
Se unieron a nosotras dos más, un Hombre Azul, y Abdel, la menta, el guía de nuestra pequeña expedición. Y me vino bien, porque aunque parecía que mi francés había vuelto dios sabe de donde, para rescatarme de una conversación que no hubiera sido posible, lo bien cierto es que el esfuerzo empezaba a notarlo, y a pesar de mis parrafadas (a cada una de ellas les acompañaba en castellano y cara a mi querida Pando un "tía y esto de donde sale") necesitaba recuperar un poquito la comodidad de la lengua madre. Abdel hablaba castellano, francés y árabe y quien sabe que otros idiomas. Y nos enfrascamos en una conversación donde volvimos de nuevo a jugar. Y que peligro tiene el juego. En mi memoria femenina guardaba la noche anterior, donde la partida la había ganado, sin duda, mi destreza con las armas que llevo toda la vida manejando a mi antojo. Ahora todo era fácil, y seguí jugando y volví a ganar. He de confesarlo: Me encanta el Arte de la Seducción...
La noche siguió con perfume a menta, menta dispuesta a no dejarme sin su sabor en los labios, pero que se le va a hacer, una es rebelde por naturaleza, y decidí que hoy no mezclaríamos naranja mediterranea con menta árabe, y él se quedó, con su partida perdida y sus ganas envueltas en humo...
Y yo me fui sonriente y recordando en mi memoria a mi querida Mae West "cuando soy buena soy muy buena, cuando soy mala, soy mejor".
Por su parte, Pando estaba enfurecida, bueno, no exageremos, sólo ligeramente contrariada, y es que ella quería que yo saboreara la menta al chocolate, y no entendía que yo prefería dejarlo para otro momento...
Habíamos contratado un paseo en dromedario para ver el amanecer, así que a las 4h30 en punto empezaron los tambores a resonar y a despertarnos. Por un momento mi imaginación, envuelta en edredones de sueño, se dejó llevar muy lejos por los tambores que escuchaba en la realidad de la noche, hasta que mis ojos se abrieron y descubrieron mis oídos con sorpresa que aquello sonaba de verdad.
Más dormidas que despiertas, nos subimos en sendos dromedarios y empezó nuestro periplo a través de dunas y arena, hacia un lugar en concreto. Y yo me preguntaba ¿y por qué ahí y no en otro lado? Supongo que el paisaje (el que aparece en estas fotos, tomadas desde la perspectiva de Pando) era la razón de esa ruta y no otra. Pero es que en esa hora en la que todo es del color del índigo, esa hora en la que a los Hombres Azules apenas se les distingue entre las sombras azuladas del amanecer, a esa hora todas las dunas parecen las mismas, y una, novata en esto del desierto, no sabe distinguir muy bien lo que las hace diferentes
.


Mientras el azul daba paso al naranja, llegamos a un lugar donde los camellos pararon y se sentaron. Nuestro guía nos invitó a descalzarnos y a subir el último tramo a pie. Amablemente, nos ayudaba, ofreciendonos el apoyo de su hombro, aunque personalmente he de decir que no me pareció tan complicada la subida, como en un primer momento parecía. Pando tuvo sus problemas para llegar arriba, pero al fin lo consiguió. Esta es mi chica...

Y allí sentados, mirando hacie el lugar donde el sol nacía, con un oasis como parte de un decorado perfecto, esperamos al Rey Sol, a Ra asomarse un día más y iluminarnos con sus rayos que pasaron de rojizos a naranja en cuestión de minutos...
Y yo volví a escuchar el silencio de aquel sitio espectacular. Veia el color cambiante de las dunas, de un gris neutro a un naranja vivo, el sol salir como cada día, que para mi era distinto a todos los otros, los camellos tranquilos, esperando a que el Rey de los astros les bañara con su luz, el agua del oasis reflejando destellos de plata sobre su superficie...
Me invadía una paz extraña, algo que nunca he sentido, una felicidad más allá de todo, sin sentido y con el sentido pleno de un momento mágico. Era como si mi vida se hubiera paralizado, olvidado, borrado, nada anterior a aquel momento importaba. Felicidad, calma, plenitud. Una sensación inolvidable. Y fue justo en ese momento cuando supe que mi dolor se había ido. Y fue justo en ese momento cuando vi entre los rayos del sol, los finos hilos que el destino entreteje para llevarnos al momento y el lugar indicado.
En mi mente vagaban imagenes de tiempos lejanos, viejos ritos que de repente habían cobrado todo el sentido, ritos para darle las gracias al sol un día más por salir, por regalarnos su luz y su calor. Miraba de reojo a nuestro Hombre Azul, y me perdía en sus ojos, a su vez perdidos en la inmensidad de un amanecer único, a pesar de las veces que lo habría vivido.
El sol ya había salido y era momento de volver al campamento. Así que bajamos de las dunas, cada uno como quiso o como pudo, y regresamos hasta el lugar donde nos esperaban los camellos. Tras un momento mercader, donde el Verver nos intentó vender sus mercancías, subimos de nuevo a lomos de nuestra montura y volvimos a la jaima para desayunar...
Pero mi mente, mi corazón y mi alma se quedaron en las dunas... Aún estoy esperando su regreso.
Besos y sed felices

12 comentarios:

Juan dijo...

Solo cuando alcanzamos un sueño somos capaces de librarnos del peso de una pesadilla.
Me ha encantado tu sueño. Enhorabuena por conseguirlo.

Esther Hhhh dijo...

Gracias Juan... Muchas gracias, de veras.
Besitos

BAR dijo...

no cabe duda que las mejores cosas de la vida son gratis...besos

Esther Hhhh dijo...

Bueno.. Gratis hasta cierto punto, BAR, pero bueno, tienes razón, jejeeje... Besos

Alfor dijo...

Esther, supongo que eres consciente que después de haber escrito esta entrada te estás convirtiendo en una de las principales sospechosas de estarle prendiendo fuego a Galicia.

Yo, de ti, me buscaría una coartada YA.

Esther Hhhh dijo...

Bueno Benja, creo que estár a casi 1000km es una buena coartada. De todas formas Galicia por mucho que se desertice no será un desierto de arena amarilla y naranja, nunca podría ser tan bonita, en todo caso sería gris... Galicia es monótona, ahora es verde y si siguen quemándola, será gris...
Francamente prefiero el Sahara, es más bonito.
Besitos

Esther Hhhh dijo...

ains, mi tata, pobre, que pájara... jejeje si no fumaras...
Besitos

Unknown dijo...

Esto, más que una entrada me parece un libro. Me alegra que te lo hayas pasado tan bien en el desierto, Esther. Yo no tengo excusa. Estoy en Australia y aún no he ido al centro, donde está el desierto. Es que eso de que haya tanta arena que se meta en todas partes y no haber mar cerca donde refrescarse, no sé.

Esther Hhhh dijo...

Pues tienes que probarlo Diego, pero eso sí, consejo de tuareg: enroyate un pañuelo de algodón en la cabeza y no bebas demasiado de golpe, solo sorbitos de agua espaciados, que el agua no esté muy fria y si la sustituyes por te muy caliente mejor.
Besitos
PD: te aseguro que funciona

Cucho dijo...

Claro que debe haber sido maravilloso. Todos deberíamos ir al Desierto al menos una vez en la vida. Ahora quizás entiendas porqué Jesús estuvo en soledad en él 40 días y 40 noches. Es uno de los lugares más sagrados y mágicos, sobre todo al amanecer y al atardecer.
Cuando nos despojamos de todo lo superfluo y te encuentras en un lugar mágico, no hay nada que pueda llenarte más, no existe otro momento en la vida para el encuentro con uno mismo y con el Todo, vibrando en completa armonía con Dios, o como cada uno quiera llamarlo... Algún día regresaré a él.
Normal que la menta-chocolate no cobrara demasiado valor en ese momento, por más que lo hubieras fantaseado, verdad? El encuentro místico que sentiste es el camino hacia la Felicidad. El diálogo con uno mismo es de donde surge la senda hacia nuestro objetivo, pues nada hay que no sepamos, sólo que no hemos aprendido a escucharnos, a “recordar” lo que ya “sabemos”. Todo está en ti, todo está en nosotros. Claro que debe haber sido maravilloso.

Esther Hhhh dijo...

Si fue maravilloso, sin duda Cucho. En cuanto a la menta al chocolate, simplemente estoy inapetente. Digamos que el individuo que va de fantasma por mi memoria y que me hace escribir lo que por ahí detrás hay escrito, me ha dejado bastante desganada y sobretodo ha acabado con cualquier resquicio que quedara de mi creencia en el amor.
La menta al chocolate no tuvo el encanto suficiente como para que yo me dejara seducir, ahora creo que muy pocos, por no decir ninguno, tienen ese encanto.
Besitos Cucho.

Ruben dijo...

Que conste que aunque no he escrito nada, lo he leido enterito, eh?