Malditos sueños que no me atrapais entre vuestras redes para dejarme por fin enredarme eternamente en vuestros engaños. Malditos seais que nunca venis cuando os convoco y siempre os vais antes de lo deseado. Malditos que no me dais la paz que anhelo, dejadme reinar en vuestro mundo y escapar de este maldito encierro.
Malditos seais sueños, por no poseerme eternamente en vuestro regazo, por no llevarme en vuestra barca, aunque al mismo Caronte el universo entero pagara, malditos seais por no salvarme de este infierno.
Malditos sueños que sólo os dejais ver fugaces, entre horas y sin concierto, escapando a mi mano cuando atraparos quiero, que salis huyendo por mi ventana, cuando os demando que os quedeis en mi cama, malditos, malditos por siempre seais.
Yo os maldigo sueños, a todos, por no rescatarme, por no venir esta noche y llevarme, por saber que mañana dejareis que vuelva a abrir los ojos mucho antes de lo que deseo, por no dejarme dormida por siempre, feliz, eterna, en silencio.
Malditos seais... Malditos
Besos y sed felices
sábado, septiembre 30, 2006
miércoles, septiembre 27, 2006
Dulces sueños...
En el silencio de una noche estrellada y oculta tras la persiana de una habitación a oscuras, apenas iluminada con los rayos de luna que se cuelan ,apenas dejando adivinar entre sombras una estantería, el armario, un banquito con ropa...
Cierro los ojos y desaparece este mundo para mi, y al fondo de mis ojos veo los tuyos, mirándome desde el otro lado de mis sueños. Camino hacia ti, y el suelo se convierte en la arena fresca de una playa al alba, el sol saliendo de su refrescante baño en un mar que cambia de rojizo a naranja para volverse al fin de un azul intenso, con reflejos verdes, como tus ojos, que mezclan el ámbar, la miel y el musgo mientras me miran brillantes, expectantes, alegres...
Me he acercado despacio hasta ti, la brisa agitando mi pelo rojizo, rizos que revolotean alrededor de mi cara, mi mano acaricia tu cintura y sube acariciando suave tu piel, hasta recorrer el camino que une tu ombligo con tu cuello, llegando hasta tu nuca para acercar tus labios a los mios, y probar la sal de tu boca, tu sabor dulce, demorándome despacio en cada rincón que mi lengua encuentra, mientras mis labios bailan con los tuyos, sin prisa, disfrutando, saboreando tu beso tierno, dulce apasionado largo, casi eterno, mientras me abrazas, me estrechas contra ti, casi queriendo fusionar tu piel y la mía.
Caemos por fin entre besos y abrazos, sobre la arena, mientras el mar nos susurra canciones al oído, y tu recorres despacio los espacios de mi cuerpo, convirtiendo mi geografía en tu mundo, descubriendo montes y llanuras, desiertos y mares embravecidos, sin dejar ni un segundo de besarme y yo me embriago con cada uno de tus besos, con las caricias que traspasan mi piel hasta casi rozar con los dedos mi alma.
Por un momento paras, me miras a los ojos, y te pierdes en mi mirada, navegas buscando respuestas, haciendo preguntas, queriendo llegar hasta lo más profundo de mi, buceando entre mis sueños y mis temores y mientras me abrazas me susurras al oído, me haces desprenderme del miedo que tiene atrapados mis sentimientos más temibles y temidos. Y sonrío feliz de tenerte, de envolverte con mi cuerpo, de ser una contigo y el mar empieza a besarnos las puntas de nuestros pies y siento deseos de nadar mientras me abrazas, sabiendo que no me dejaras perderme entre el agua y los peces...
Y mientras me abrazas y nadamos, el mar juguetón me arrastra, me separa de tus brazos, forcejea contigo y al final me arranca de ti...
El sol ilumina a rayas mi habitación, ha vuelto el día y mis ojos se abren, y mis brazos te buscan, mis labios notan aún tu sabor enredado entre recuerdos borrosos y comprendo que tan sólo soñé contigo de nuevo...
Besos y sed felices
viernes, septiembre 22, 2006
Melancolía
Lo reconozco: Llevo días sintiendo melancolía... No es por nada en concreto, o tal vez es por todo. No lo sé. pero hace días que se me ha instalado esta insidiosa melancolía dentro.
Retrocedo con la mirada de mi memoria y me doy cuenta que cada año, al caer las hojas de los árboles, llega Melancolía, y se queda un tiempo haciéndome compañía, mientras los días se hacen más cortos, la lluvia regresa de sus vacaciones y las calles vuelven a oler a chimeneas encendidas...
Tampoco me desagrada la presencia de esta vieja conocida. Ambas compartimos secretos y recuerdos, y suele ser una buena aliada en los procesos creativos. Me devuelve del recuerdo momentos atesorados en mi memoria, incluso olores, sonidos, tactos, regresan de su escondite para volver por unos segundos a mí.
Melancolía impregna todo con un dulce aroma, que a ratos resulta empalagoso, me hace desear su abrazo y hasta sus besos, me acuna entre canciones que suenan a otoño, al frío que no tardará en llegar.
Melancolía abre mis armarios y cambia mi ropa, recorre la cocina y pone al fuego puchero, saca del baúl de los tesoros guardados, besos dulces, canciones románticas, miradas esquivas y perfumes de sándalo y almizcle.
Melancolía, tan dulce y tierna a veces, me tapa por las noches para que el frío no se me cuele, y susurra nanas a mis oídos. Me devuelve a la infancia y juega conmigo. Alimenta mis sueños más dulces y mis fantasías, retoma el tiempo, lo retuerce, lo alarga y lo acorta según le conviene y espera tranquila hasta el amanecer de mi creatividad recién nacida.
Melancolía me roba lágrimas y las convierte en diamantes, busca sonrisas perdidas en mis labios, cuando el sabor de las cerezas vuelve por un instante a mi boca, merodea entre los laberintos de mi mente y juega al escondite con mi alma.
Melancolía llega en septiembre, mientras el sol todavía calienta, y se va en Diciembre, cuando el frio reina. Deja regalos para mis sueños, y recuerdos para mi alma. Deja sabor de fresas y chocolate en mis labios, un acento dulce en mi voz, alguna esperancita en el hueco del corazón y sonrisas en mi memoria, y este aroma indescriptible...
Besos y sed felices
miércoles, septiembre 20, 2006
Tu Nombre.. Mi Nombre
Tu nombre es mi dulce castigo
Mi sangre, mi droga y rubí
Mi parte de vos, mi destino
Tu nombre me sabe a jazmín
Tu nombre no tiene palabras
Si está escrito en mi corazón
Y de pronto sale de cualquier lugar
No sabe más que hacerme sentir mal
Tu nombre tan inoportuno no sabe llamar
Y es así que trato de contarte todo ésto que siento
Es así que estoy adormecido en el mar de ilusión
Es así que todo vale todo y todo se termina
Todo se termina
Todo menos vos
Tu nombre me tiene perdido
Vagando en el mar de ilusión
Yo nunca me doy por vencido
Yo nunca me rindo... al menos por hoy
Y es así que trato de contarte todo ésto que siento
Y es así que estoy adormecido en el mar de ilusión
Es así que todo vale todo y todo se termina
Todo se termina
Todo menos vos
Y es así que trato de encontrarte por nuevos caminos
Es así que en tu nombre hago rimas para ser feliz
Es así que todo vale todo y todo se termina
Todo se termina
Todo menos vos
Todo se termina
Todo menos vos
Mi sangre, mi droga y rubí
Mi parte de vos, mi destino
Tu nombre me sabe a jazmín
Tu nombre no tiene palabras
Si está escrito en mi corazón
Y de pronto sale de cualquier lugar
No sabe más que hacerme sentir mal
Tu nombre tan inoportuno no sabe llamar
Y es así que trato de contarte todo ésto que siento
Es así que estoy adormecido en el mar de ilusión
Es así que todo vale todo y todo se termina
Todo se termina
Todo menos vos
Tu nombre me tiene perdido
Vagando en el mar de ilusión
Yo nunca me doy por vencido
Yo nunca me rindo... al menos por hoy
Y es así que trato de contarte todo ésto que siento
Y es así que estoy adormecido en el mar de ilusión
Es así que todo vale todo y todo se termina
Todo se termina
Todo menos vos
Y es así que trato de encontrarte por nuevos caminos
Es así que en tu nombre hago rimas para ser feliz
Es así que todo vale todo y todo se termina
Todo se termina
Todo menos vos
Todo se termina
Todo menos vos
Hubo un tiempo en que tu nombre fue el mío. Me enlazaba, hablaba de mi y me atrapaba entre sus letras. Era mi principio y mi final. Eran mis silencios y las palabras de mis silencios. Tu nombre era mi sueño, y mi primer pensamiento.
Hubo un tiempo en que creí en ti. Creí con fuerza y te sentí. Tu nombre me nombró y fui tú y aprendí a tenerte y a perderte, y luché hasta caer rendida por defenderte, a cada paso, en cada instante de mi vida.
Hubo un tiempo en que tu nombre era mi condena, era mi castigo y mi bendición, tu nombre fue mi alivio en las noches de tormenta, fue mi refugio en los días de lluvia, tu nombre me cubrió cuando tuve frío y fue mi tabla de salvación.
Tu nombre es mi nombre. Tu nombre soy yo. Tu nombre se perdió en mis silencios. Tu nombre ya no existe para mi. Yo ya no tengo nombre si no te tengo a ti.
Tu nombre es la palabra que no puedo pronunciar. Tu nombre es el castigo de mi alma errante. Tu nombre es el vacío de mi pecho. Tu nombre es mi silencio y mi dolor.
Tu nombre, Amor, ya no es el mío, ahora tu nombre sólo es de vos...
Besos y sed felices
Letra de Coti (no pude poner la música, mis más sinceras disculpas)
domingo, septiembre 17, 2006
Solitude

El esperaba sin saber muy bien qué. Traje de chaqueta algo desastrado, una corbata roja como los labios con los que soñaba, gafas de concha con el puente remendado con esparadrapo, un calcetín si, el otro en su bolsillo por equivocación. Su maletín y la foto de aquella actriz que le hacía soñar, y el autobús por llegar como cada mañana, para llegar a la oficina, como cada día.
Ella vestía de rosa, como sus sueños, melena descuidada, gafas demasiado grandes y una timidez excesiva, mientras leía esa novela que contaba la historia que tanto le gustaría vivir.
Él se aburría en su oficina, casi sin aclararse con el teléfono, mientras cuñaba papeles y más papeles, y el día se iba convirtiendo en noche.
Ella limpiaba el suelo de un despacho vacío mientras leía una vez tras otra aquella historia rosa donde ella siempre acababa encontrándole a él y juntos vivían felices. Y su cabeza volaba una vez más a algún lugar donde su vida era justo como ella soñaba.

Él tenía una casa pequeña y vacía, practicaba tango con una muñeca, aspirando algún día a poder bailar con una mujer de verdad. La cama pequeña y vacía, desde las paredes sus actrices le guiñaban el ojo y con su telescopio pasaba las noches mirando las estrellas soñando que en alguna estuviera perdida la princesa de sus sueños más dulces.
Ella pasaba la noche acompañada con su telenovela, viviendo la vida a través de sus personajes, mientras en su cama le esperaban sus sueños, tan rosas como su ropa, tan hermosos como su sonrisa que tan poco se dejaba ver.
Él se miraba al espejo de su alma, ella al de su corazón y ambos perdidos en laberintos distintos sin encontrar la salida ni el camino para encontrarse, acompañados de la soledad de una ciudad repleta de gente como sueños, de fríos edificios tan solitarios como ellos, tan deseosos de poder acariciarse ventana con ventana, traspasar avenidas para poder abrazarse entre hormigón y antenas...
La esperanza perdida, nunca se sabe que te depara la vida y a veces quien no sueña con buscar un camino alternativo pero la suerte de la mala suerte no siempre deja paso a la alternativa...
Una tarde cualquiera, no importa si martes o sábado, la mala suerte se distrajo para ellos y por un momento se vieron. Él intentó hablarle sin éxito, ella quiso mirarle pero su mirada fue esquiva, y casi por casualidad sus manos se rozaron hasta abrazarse con tanta ternura que por un momento hasta las estrellas parecían mirarles. Un milagro de beso accidental cuando a él se le cayó el periódico y acabó en el cuello de ella, una mirada furtiva, espiándo la sonrisa esquiva y dulce... Y el mundo volvió otra vez para separarles entre un gentío aparecido de la nada, alejandoles de nuevo en laberintos de calles y ciudad, de noches de soledad indescriptible, la espereanza de nuevo perdida, maldiciendo a la suerte, mala con ellos, que les robaba de nuevo los sueños, después de habérselos dejado rozar.
El la buscó incansable por calles y tiendas, por debajo y por encima de las piedras, en las estrellas y hasta en el infierno.
Ella rompía hoja a hoja su novela rosa, mientras miraba cada cara, cada foto, cada autobús esperando verle sin éxito.
Solitude escrita en sus corazones, y en dos pisos contiguos, silenciados y tristes. Separados por un muro tan grande como sus miedos, tan grueso que era imposible saber que justo al otro lado estaba su mitad de corazón... Pero la mala suerte a veces de tan mala es buena, una explosión, casi la vida en ello y al despertar del susto verse, de nuevo, muros perdidos por siempre, solitude de dos corazones por fin unidos, el amor venciendo sin miedo, por una vez en el caos de ciudades frías llenas de soledad...
je t'aime.. Mois je t'aime aussi y en la unión la desavenencia de la soledad que aún luchaba por subsistir sin éxito cuando el amor es más fuerte y una nueva vida empieza, para dos mitades por fin unidas.

Se alejaron de sus tristezas y Solitude quedó en un rincón de sus miserias abandonadas por fin. Después de todo, a veces el amor se deja ver...
Besos y sed felices
viernes, septiembre 15, 2006
Tempo

Luz suave, perezosas las notas del contrabajo suenan lentas, acariciándome la piel, colándose por los recovecos de mi alma, enredándose entre mi pelo, elevándome hasta dejarme mecer en el suave eco de una voz de soprano, dulcemente evocadora, que se cuelga grácil, mientras canta, enredada en dos telones sobre un escenario tan negro como un abismo... Desde su atalaya, juguetea mientras canta, se deja arrullar, se balancea, y juega con su voz, con las telas, con el contrabajo que sigue descorchando melodías como botellas de vino tinto...
Mi alma se ha quedado jugando traviesa entre sus cuatro cuerdas, cuando el piano emerge desde su oscuro rincón, canturreando armónicos que acompañan voz y bajo, haciendo y deshaciendo melodías, rescatando hasta el corazón que no encuentro, para robarme lágrimas emocionadas, mientras su voz me perfora el sentimiento, y me hace olvidarme hasta de mí misma.

Me doy cuenta de pronto que he perdido mi cuerpo, ya no sé donde lo dejé, ocupada como estaba en enredarme entre cuerdas y notas, tan distraída revoloteando entre los faldones de las corcheas que ya no sé donde dejé el resto de mí.
Y el piano sigue cantando para el contrabajo, que ahora vuela mientras sus manos juegan en las alturas, y él se convierte en el trapecio de un músico acróbata que ahora no sabe si seguir hechizándome con su música o distraer mi mirada con sus juegos, y mis ojos le siguen, se quedan en equilibrio con él y se pierden entre tanto arte, dejándome otra vez desvalida, y la voz que vuelve a resonar, me llama poderosa, dulce, seductora, para que baile mi alma una vez más, para volver a rescatar mi corazón de su encierro. Yo quisiera oponerme pero es inútil, todo mi ser se ha revelado contra mi, para jugar en el escenario entre músicos y música, cuerdas y trapecistas, risas y cantos, ya no encuentro el camino de vuelta, pero no importa, me gusta este lugar...
Besos y sed felices
miércoles, septiembre 13, 2006
Mientras llueve
Mientras conduzco rápida, atravesando esta ciudad que tanto amo, el cielo empieza a llorar, tal vez despidiendo al verano, que lentamente se va, o quizá simplemente sentía deseos de descargar esta agua vendita sobre nosotros.
Suena en el cd Michael Bublé y Nelly Furtado, "Dime cuando vas a decidirte..." y en mi mente dejo que vaguen sonrisas mezcladas entre pensamientos vagabundos, sedientos de la lluvia que me moja sin mojarme... Tal vez después de todo el desierto se quedó realmente en mi piel y en mi pelo, emanando su propia esencia, reclamando ahora el agua para sí mismo, como un niño caprichoso que sueña con chapotear en la orilla del mar con sus zapatos nuevos.
Vuelo por la autopista, y una trompeta resuena con su melodía nostálgica "Es tan corta la distancia, pero tan largo el camino entre tu boca y mi boca, entre tu corazón y el mío..." Lejanamente recuerdo esos labios rozando levemente los míos, y ese instante robado al tiempo, ese océano de palabras no pronunciadas y deseo enredado entre las miradas, la piel, las lenguas chocando como el mar contra las rocas, violentas y dulces, pasionales y calmas, eternamente unidas en un segundo largo como horas...
Sigue cayendo el agua impasible, la lluvia choca contra el techo de mi deportivo y su ruido me evoca el olor a tierra mojada que advino en las montañas cercanas, el cielo gris, casi negro me envuelve, y sigo veloz hacia mi destino.
"fly me to the moon.." evocadora y sugerente voz que me hace rogar llévame hasta la luna, déjame soñando en esta lluvia que anuncia el otoño que ya llega, mientras abrazo sueños y me dejo mecer arruyada por las olas del mar tan cercano que le oigo llamarme despacio.
Llego a mi destino "No quedan días de verano, el viento se los llevó" y al bajar del coche siento el aire fresco en mi cuerpo, erizándome la piel, el olor a lluvia recién caída, a humo lejano, y al girar la mirada, veo al otoño acercándose lentamente, seductor, casi tierno, y me doy cuenta que después de un año, empezaba a echarle de menos...
Besos y sed felices
sábado, septiembre 09, 2006
Doce Rosas Rojas
Le veo pasar todos los días al atardecer... Va con su bicicleta, una camiseta blanca y un ramo de rosas rojas en una mano. Siempre a la misma hora pasa, y siempre me quedo mirándole. Me resulta tan dulce, tan tierno...
Supongo por el color de su piel que es un vendedor de rosas, de los que te asaltan mientras cenas o das una vuelta, y te ofrecen sus flores para que las regales a quien ellos presuponen tu pareja. Probablemente él, cada noche, haga exactamente lo mismo que yo cada tarde: Imaginar una historia. De repente se me antoja que es un amante a la antigua, un galán que lleva doce hermosas rosas rojas cada tarde a su amada al trabajo. No le importa lo que digan, ni lo que le cueste, cada tarde a las 20h en punto, su amada recibe de sus manos sus rosas rojas. Ella no le ha confesado su alergia porque en el fondo le encanta el detalle, pero cada día debe ingeniárselas para evitar los estornudos al verle aparecer, hermoso y radiante, con su camisa blanca y sus doce rosas rojas dispuesto a hacerla sonreir. Y ella gentilmente le regala doce sonrisas dulces, una por cada flor, le besa sensual la boca, como si mordiera una fresa madura, y luego sube despacio los escalones que la llevan a su despacho, controlando disimuladamente el goteo nasal, y girándose coqueta en mitad de la escalera, para regalarle una sonrisa más y una mirada tan sensual, tan dulce, tan encantadoramente seductora, que a él le flaquean las piernas y ve necesario sujetarse por un momento al marco de la puerta. Ella entonces prosigue su ascenso, cruzando levemente los tobillos al subir cada escalón, dejando que su figura hermosa y femenina, describa ese sinuoso zig zag que sólo una mujer sabe dibujar en el aire, con su mano delicadamente deslizándose sobre la barandilla, hasta que por fin llega al zenit de su escalada, gira a la derecha y desaparecen ella y las flores por una puerta... Entonces él, satisfecho, sale a por su bicicleta y recorre de nuevo las calles, esta vez con doce sonrisas colgadas de su camisa, y un beso grabado en sus labios, mientras el sol tímidamente se esconde tras las montañas y el rocío deja pequeños diamantes sobre su pelo azabache...
Anoche le vi, le reconocí por su mirada dulce y sonriente, a pesar que no había rastro ni de la bici ni de la camisa blanca. Íbamos a pedir la cuenta, él como siempre guapo, camisa negra ajustada, vaqueros y ese perfume que me hipnotiza... Se demoraba mirándome, nadando en mis ojos, buscando respuestas, haciendo preguntas, dejando al silencio el derecho de los besos que despacio depositaba en mis manos, en mi cuello, en la comisura de mis labios. Entonces él chico de las rosas se acercó, y su mirada se detuvo primero en mis ojos, sonriente y cómplice. Después le miró detenidamente a él, y sólo entonces le ofreció las rosas para que me regalara una. Las rechazamos, como siempre, aunque confieso, tentada estuve de quedarme con alguna, y él, el chico, se alejó camino de la puerta del local, y justo antes de salir, volvió a girarse, para mirarnos un instante... Se me antoja que compuso su historia, en la que no había miedos, ni armaduras, donde el amor tal vez fuera como en las películas... Sus labios besándome sin temor a quedarse eternamente en mis labios, mis ojos mirándole hasta alcanzar el epicentro de su mirada, sin miedo a quedarme perdidamente atrapada, sus manos acariciando las mías, entrelazadas, sin miedo a quedarse anudadas, y la noche haciéndose eterna, el reloj, obediente al bolero, estancado en ese preciso momento, eternizando el deseo y en el aire las palabras que nunca se han de pronunciar...
Que hermosos son siempre los sueños.
Besos y sed felices
sábado, septiembre 02, 2006
Jugando con viejos Espectros
No fue fácil crecer. No es que faltara comida, ni dinero, ni ropa ni nada que una niña pudiera querer. Pero no fue fácil.
No fue fácil hacerse la estúpida cuando se es más inteligente de lo que una quisiera. Mirar para otro lado y disimular, guardarse el dolor y las lágrimas que debieran haber caído. Pero había que ser fuerte, la más fuerte. No fue fácil negarse el derecho a ser niña.
No fue fácil ver regalos a cambio de cariño, no fue fácil negar lo evidente y defender a quien querías, no fue fácil aceptar las miserias que se daban, no fue fácil cerrar los ojos y olvidar, y no mirar, y negar que sabías más de lo que callabas. No fue fácil.
No fue fácil vivir. No fue fácil intentar acabar con todo y no conseguirlo. No fue fácil evitar la compasión, la incomprensión, el desprecio. No fue fácil demostrar quien eras y quien eres. No fue fácil ser un pez nadando a contracorriente de todo y de todos, pero lograste subir por la cascada, a pesar de no ser fácil.
Ahora miras hacia atrás, y sin querer ves tras las esquinas, escondiéndose, todos los fantasmas que tu infancia no vivida dejó. Fantasmas que no quieren abandonar la realidad ni los recuerdos, que se empeñan en recordar que tal vez no debiste ser.
No es fácil disimular, cerrar los ojos otra vez, para que no se note que ves y que sabes lo que hay, ser feliz o parecerlo y sonreir a pesar del dolor. Tragar con lo que te ofrecen, las sobras de un cariño que tal vez no fue pensado para ti.
No es fácil que quien debería tenerte por lo más importante, siga relegándote a la última posición, justo por detras de su precioso coche. Y niegue hacerlo. No es fácil volver a pasar por estúpida para que piense que te crees todo lo que dice y aceptar que nunca va aceptar lo evidente.
A veces los fantasmas salen de su escondrijo, entre las basuras de los rincones de tu memoria, y se escapan por tu lengua-látigo, sin temor a represalias. Ya no eres la niña que fuiste, ahora eres la mujer que no teme al desamor porque sabe que que el desamor existe y es real. Ahora, con tu soledad como armadura, con la fuerza que tu lucha de tantos años te ha dado, plantas cara y dices lo que piensas, y dejas que él caiga derrotado, aunque te duela. El dolor sólo es parte de tu vida. Ahora lanzas como cuchillos todo tu regimiento de fantasmas y le recuerdas que nunca has estado ciega, ni sorda, ni estúpida, pero él sigue siendo el ciego que no quiere ver y el sordo que no quiere oír y todo queda en pedazos rotos de tu corazón de niña, el único que nunca estuvo entero.
En silencio, a oscuras, lejos de quien pueda verte, lloras después tus miserias, y te lames las heridas que nunca cierran, los fantasmas te vuelven a mirar y se ríen de tus debilidades y tú les enseñas los dientes una vez más.
Después cierras los ojos, vuelves a tu mundo de sueños donde siempre todo fue perfecto, recompones tu armadura y tu sonrisa, para ser de nuevo la mujer sonriente de cada día, la niña que todos quieren ver.
Besos y sed felices
jueves, agosto 31, 2006
21 días
Eso queda exactamente. 21 días. El verano pega sus últimos coletazos y el calendario marca en amarillo, como las hojas que ya empiezan a caer, el fin del tiempo estival, para dar paso al otoño.
En valenciano (o catalán) llamamos al otoño "la tardor" algo así como "el atardecer". Será porque nos acercamos al fin de año, o tal vez porque los días se acortan y los atardeceres se hacen más largos. Será porque las nubes empiezan a hacer su aparición con más asiduidad y nos dejan retazos de luz gris, como en una película en blanco y negro. Tal vez sea porque, al igual que en el atardecer diario, es tiempo de recogerse, de mirar hacia uno mismo y encarar el principio de un nuevo curso, que para muchos nos marca un nuevo año, al margen de calendarios convencionales.
En nuestra memoria guardamos ahora los recuerdos de días de sol y calor, cerca del mar, dejándonos mojar por sus olas, buscando la tranquilidad de calas perdidas. Días largos y propicios a los excesos de todo tipo, días llenos de sonrisas, de tiempo para el ocio, para los amigos, para la noche. Noches cortas e intensas de verano, donde no hay nada como pasear por el paseo marítimo o a la orilla del mar...
El otoño guarda ese tono triste, melancólico en sus páginas, tiempo de transición que nos lleva hacia el frío del invierno y nos devuelve la sobriedad que perdimos en el verano.
Días en amarillo y ocre, calles alfombradas de hojas secas que siempre me han gustado pisar, parques tranquilos, lejos quedó ya el sonido de niños jugando a todas horas. Playas desiertas, recuperando su tranquila harmonía con un mar grisáceo y removido, olas que chocan amenazantes contra el espigón.
Lentamente se va el calor, y regresa el frío, el armario cambia su contenido, y con tristeza guardamos las prendas descaradas de verano, que tapan lo justo, el bikini, los colores alegres, para recuperar la tela sobre nuestros cuerpos.
Se empieza a hacer necesaria la compañía en el sofá o en la cama, cuando el amanecer nos descubre ateridos, pues no hay nada como tener a mano un buen abrazo reconfortante que nos devuelva el recuerdo de días más cálidos.
El otoño huele a tierra mojada, hojas caídas, humo de chimeneas, melancolía y naranjas recién exprimidas. Mandarinas que explotan en un estallido agridulce en la boca, la sandía deja de verse en las tiendas, para cambiarse por manzanas, granadas, uvas, clementinas, y peras. El arcoíris frutal del verano, da paso a una uniformidad colorista en la frutería, ocres, verdes mate y rojos burdeos chocan con el naranja fuerte de la mandarina y el rojo brillante de los caquis.
En los jardines, las bugambilias y los galanes de la noche, dejan paso a las rudbequias, semejantes a margaritas que varían desde el amarillo brillante al púrpura, los crisantemos desde el blanco al rosa pasando por el amarillo suave, o los girasoles con el tesoro de sus semillas escondido en el epicentro de su belleza...
El otoño me invita a empezar nuevas etapas, plantearme nuevos objetivos, volver a mi interior más íntimo, para mirar desde allí el mundo con otra mirada. Escuchar a Frank Sinatra, Michael Bublé, Dinah Washington y Diana Krall y dejarme llevar por la melancolía que se entremezcla con notas de creatividad imaginativa, noches largas y envolventes, amaneceres aletargados y días de transición tranquila, dejándome llevar por mis sentidos...
Quedan 21 días de verano, y sin embargo empiezo a oler el otoño en las calles...
Besos y sed felices
miércoles, agosto 30, 2006
seduciendo los sentidos
Me recorre su mirada, de arriba a abajo acariciándome sin hacerlo, besándome desde el fondo de unos ojos pícaros y sonrientes. Acerca sus labios y deja un beso suave y ligeramente embriagador, como un vino afrutado, y me dejo llevar. Su mano me acaricia, distraída, depositando el deseo en mi piel, y me susurra en la oscuridad de una estancia suavemente iluminada con velas, y con matices de incienso flotando en el aire...
Cocina para mi, seduciéndome el paladar con sugerentes mezclas de queso y tomate fresco, de frutas del bosque y queso fundido, vino rosado que vuelve a recordarme su boca mientras me habla y le miro, y mis ojos le dejan mensajes codificados que sus labios y sus manos decodifican mientras la noche pasa y el tiempo se detiene para dejarnos un espacio a la pasión que se desliza entre los recovecos de su piel y la mía, entre nuestros silencios estudiados y dejados a las cartas que sus dedos escriben sobre mi piel mientras mis labios le responden en besos suaves y pequeños mordiscos en su cuello.
La cena frugal da paso a la ternura de un instante dulce, distraído y robado a la pasión, en un descuido de la lujuria. Me envuelve entre sus brazos y su pecho, cálido como sus besos, que adornan como jazmines mi frente, mi nuca, mis mejillas y hasta mi boca. Acaricia mis oídos con su conversación, acerca del amor y del deseo, debate en el que entramos sin medirnos demasiado, no vaya a ser que en un descuido se nos escape algún sentimiento. No vaya a ser que en nuestra singular batalla dejemos al rival más información de la necesaria.
La noche, zalamera, nos brinda su silencio y sus estrellas, Nelly Furtado sigue cantando desde la pantalla del pc, dulce evocación que se enreda entre el humo del incienso y la llama de las velas. Mis manos se distraen por un momento en su espalda, en sus hombros, en su nuca y su cabeza, acariciando y masajeando, distrayendo su atención mientras mi boca, perversamente seductora, busca respuestas a preguntas que él intenta esquivar sin demasiado éxito, hasta que su boca sale a la defensa, sellando la mía con besos de grosella que provocan, con su dulce acidez, deseos de no dejar de besar nunca. Sus brazos me levantan del suelo y mis piernas se abrazan a su cintura.
La música cambia, ahora suena Enigma en mis oídos, y como un enigma descifrado, leo despacio el mensaje de su piel, mientras mi cuerpo se mueve al ritmo de la música sobre su cuerpo moreno y suave, mis labios ya no se conforman sólo con la grosella de los suyos y recorren el mapa de este nuevo mundo descubierto.
Enlazados los cuerpos en un baile pasional, seguimos buscando respuestas a preguntas no formuladas y leemos entre las lineas de un silencio lleno de un lenguaje propio, hasta rendirnos una vez más a nosotros mismos, en abrazos, en dulces locuras de deseos que nacen en caricias para morir en besos y llevarnos a un sueño tranquilo, perdidos en nuestro abrazo, creando nuestro propio universo al margen del día y de la noche, del tiempo y la distancia, de lo real y lo soñado, dejándonos la piel en el intento de no implicarnos, y un manto de ternura nos cubre, dejando al descubierto viejas cicatrices de otras batallas perdidas...
Besos y sed felices
jueves, agosto 24, 2006
Noche de vino y rosas
A ella le perdían las conversaciones inteligentes y él tenía debilidad por la dialéctica, así que un día se encontraron seduciéndose con una buena narrativa y mucha, mucha picardía...
Prometieron aquella primera noche un encuentro, un duelo, las armas, sin dudarlo, las del arte de la seducción, aquel que tan bien habían sabido manejar entre palabras y silencios interverbales. Una noche de vino y rosas, abierta a la locura y al placer, tal vez a la perdición de encontrarse con la horma de sus zapatos.
Pero las cosas llegan cuando llegan y hay un momento para cada cosa, así que el duelo no tuvo lugar hasta largo tiempo después, cuando ambos habían perfeccionado sus armas y su estilo, ya viejos conocidos y muy predispuestos a vencer al adversario o a dejarse vencer...
Tras convenios y tratos, tras marcar las normas de una noche sin leyes escritas, tras negociaciones y espacios para la provocación, se convino en una noche cualquiera, que nunca sería cualquier noche.
Estaba todo permitido para una lucha sin precedentes, donde la seducción desarrollada con exquisita elegancia, sería la única regla a seguir.
Ella se calzó con tacones de aguja, sandalias excasas que dejaban ver dedos largos y pies finos, cordones rodeando sus gemelos en un abrazo provocador hasta sus rodillas. La vista podía seguir ascendiendo por la piel blanca de sus muslos, sólo cubiertos a la altura de las caderas con una faldita escasa, que hacía temer los golpes de aire. Seguía el paseo visual por un paréntesis negro que se abría en encaje sobre un canal que incitaba a imaginar lo que debajo de la tela se escondía. Escote amplio y tirantes finos para llegar a una melena corta, rizada y peligrosamente rojiza rodeando unos labios rojos de pasión y unos ojos grandes, de mirada expresiva y profunda. Para complementar la imagen, el perfume bien elegido, dulce, penetrante, sin ser empalagoso y en lugares estratégicamente seleccionados.
El buscó el encanto de la sencillez en unos vaqueros y una camisa blanca ajustada a un cuerpo esbelto, sobre una piel morena, dejando a divinar su torso sin descubrirlo, el rostro bien afeitado, el pelo arreglado y un perfume embriagadoramente seductor.
Empezaba el duelo. Ella no dudo en usar la locuacidad del lenguaje bien elegido en una voz entrenada para hechizar. El jugó con el susurro y la dulzura de expresiones casi escritas en el guión de una noche improvisada. Ella estudió y no dejó al azar ni uno de sus movimientos al acariciar el volante, cambiar de marcha, embragar, frenar o acelerar, mientras conducía y jugaba a distraerlo. El fingió sentirse desarmado mientras prolongaba el paseo por calles y callejuelas.
Aparcaron en una plazoleta y fueron andando hasta el restaurante elegido para el duelo, ella moviendo seductoramente las caderas al ritmo de sus tacones, él siguiendo distraidamente el bailoteo, mientras tomaba las medidas a su rival.
Como ocurre en estos casos, la cena fue suave y selecta, no faltaron los toques exóticos de la pimienta ni las frutas rojas que dieran un tono pasional al momento, acompañadas de queso fundido y un vino rosado. Conversación variada y temas diversos, sin dejar al azar ni uno sólo de los movimientos de su cuerpo, lo que las palabras no decían lo decían sus cuerpos, expresivos, juguetones, entregados a un arte antiguo y conocido para ambos, y el peligro se esparcía en el aire de una noche de vino y rosas.
Continuó la batalla en las copas que dieron paso al acercamiento suave, elegante. Ella, accidentalmente apoyada en su regazo, él distraídamente acariciando sus hombros, ella coqueteando pícaramente con todos y él dejando que sus ojos la recorrieran suavemente sin pararse hasta llegar a sus ojos, los de ella, para hablar con sus bocas y sus miradas, dos conversaciones distintas, y ambas perfectamente compenetradas.
El duelo llegaba a su cénit, las armas mostradas, las miradas rendidas, perdidas y entrelazadas, paseando por calles tranquilas bajo la calidez y el amparo de la noche estrellada, ella recostada sobre su hombro, él rodeando su cintura.
Un lecho fue el campo de batalla, el fuego encendido, la pasión contenida y desmedida, las caricias suaves, los besos sin mesura, batalla de deseo por fin liberado hasta saciar la sed de ambos, sucumbiendo a sus propias trampas, hasta caer rendidos en un abrazo dulce...
La mañana les encontró enredados y abrazados, desarmados y sonrientes, prometiéndose un nuevo duelo de besos y caricias y como no, de seducción desmedida.
Besos y sed felices
miércoles, agosto 23, 2006
Despedidas
Después de una noche movida, despertamos en aquel hotel perdido en mitad del desierto, de aquella ciudad que no parecía ciudad.
Antes de abandonar Zagora, visitamos otro palacio y alguna cosa más. Al hamid nos acercó un momento a la casa de su mujer (la de Zagora) para recoger henna y despedirse de ella. Y nos fuimos.
Con nosotros siete subió la tristeza como el octavo pasajero, un pasajero no invitado pero inevitable. El recorrido 4x4 llegaba a su fin. Ante nosotros, eso sí, más de 400km hasta Marrakech.
Fuimos por carreteras que pasaban pueblos perdidos, recorrimos puertos en extraños paisajes desérticos y montañosos. Eran fascinantes aquellas montañas donde sólo parecía piedras, y de repente aquella ardilla buscando algo de comer.
Al Hamid empezó a acelerar su paso, a adelantar a todos los coches, a ponerse incluso por delante del jefe, cosa que nunca hacía, corrió hasta llegar a Ouarzazate y allí salió de la carretera y se adentró por callejuelas hasta llegar delante de una preciosa casa. Su casa, o la casa de la familia de su mujer de Ouarzazate. Ella era la más importante o la favorita, y allí estaban los hijos de Al Hamid.
Nuestro querido conductor y ya amigo, nos invitó a bajar del coche y entrar en su casa, nos presentó a su familia y nos invitó a un té. Creo que fue el té más bueno de todos, quizá por la calidez con la que nos lo sirvieron, con esa sensación de haber pasado alguna frontera no marcada... Al Hamid se despidió de su mujer y de sus hijos y volvimos al coche para seguir nuestro camino.
Paramos a comer en otro de esos restaurantes de carretera que ya se habían hecho habituales y seguimos de camino hasta Marrakech. Que largo se hacía el camino, que tristeza saber que empezaba el final de nuestro viaje, que cada vez estábamos más cerca de nuestro destino.
Al llegar a Marrakech fueron parando en los hoteles respectivos y bajando, hasta que sólo quedábamos los del último hotel, el Ayoub.
Y por fin llegamos, las caras largas, la propina para el conductor, nuestro Al Hamid, preparada, recogimos las botellas de agua que todavía rodaban por el coche, bajaron entre Al Hamid y Pedro una vez más, la última, el equipaje y tuvimos que decir adiós. Nos dimos dos besos, le recordé que era el mejor, sin duda, también nos despedimos de los otros conductores, sobretodo de uno que había entrado en nuestro juego de rally, y de Abdel, el guía, que de todos modos aún veríamos al día siguiente.
Empezaban nuestras despedidas. Hoy Al hamid, mañana Abdel y Pedro y Rosa, pasado mañana tres chicas más y los chicos y al día siguiente nosotras mismas.
Pero al tiempo que se acababa una parte de nuestro recorrido por la Tierra de las Especias, empezaba otro, el de aquella ciudad que todavía nos era desconocida.
Finalmente, y casi como con pereza, arrancaron los 4x4 y se fueron, Al hamid nos miró una vez más, con sus ojos tristes, era un nuevo amigo y desaparecieron lentamente por la avenida.
Las dos nos miramos, brillaban los ojos, y supimos, casi sin decirlo, que volveríamos.
Besos y sed felices
Antes de abandonar Zagora, visitamos otro palacio y alguna cosa más. Al hamid nos acercó un momento a la casa de su mujer (la de Zagora) para recoger henna y despedirse de ella. Y nos fuimos.
Con nosotros siete subió la tristeza como el octavo pasajero, un pasajero no invitado pero inevitable. El recorrido 4x4 llegaba a su fin. Ante nosotros, eso sí, más de 400km hasta Marrakech.
Fuimos por carreteras que pasaban pueblos perdidos, recorrimos puertos en extraños paisajes desérticos y montañosos. Eran fascinantes aquellas montañas donde sólo parecía piedras, y de repente aquella ardilla buscando algo de comer.
Al Hamid empezó a acelerar su paso, a adelantar a todos los coches, a ponerse incluso por delante del jefe, cosa que nunca hacía, corrió hasta llegar a Ouarzazate y allí salió de la carretera y se adentró por callejuelas hasta llegar delante de una preciosa casa. Su casa, o la casa de la familia de su mujer de Ouarzazate. Ella era la más importante o la favorita, y allí estaban los hijos de Al Hamid.
Nuestro querido conductor y ya amigo, nos invitó a bajar del coche y entrar en su casa, nos presentó a su familia y nos invitó a un té. Creo que fue el té más bueno de todos, quizá por la calidez con la que nos lo sirvieron, con esa sensación de haber pasado alguna frontera no marcada... Al Hamid se despidió de su mujer y de sus hijos y volvimos al coche para seguir nuestro camino.
Paramos a comer en otro de esos restaurantes de carretera que ya se habían hecho habituales y seguimos de camino hasta Marrakech. Que largo se hacía el camino, que tristeza saber que empezaba el final de nuestro viaje, que cada vez estábamos más cerca de nuestro destino.
Al llegar a Marrakech fueron parando en los hoteles respectivos y bajando, hasta que sólo quedábamos los del último hotel, el Ayoub.
Y por fin llegamos, las caras largas, la propina para el conductor, nuestro Al Hamid, preparada, recogimos las botellas de agua que todavía rodaban por el coche, bajaron entre Al Hamid y Pedro una vez más, la última, el equipaje y tuvimos que decir adiós. Nos dimos dos besos, le recordé que era el mejor, sin duda, también nos despedimos de los otros conductores, sobretodo de uno que había entrado en nuestro juego de rally, y de Abdel, el guía, que de todos modos aún veríamos al día siguiente.
Empezaban nuestras despedidas. Hoy Al hamid, mañana Abdel y Pedro y Rosa, pasado mañana tres chicas más y los chicos y al día siguiente nosotras mismas.
Pero al tiempo que se acababa una parte de nuestro recorrido por la Tierra de las Especias, empezaba otro, el de aquella ciudad que todavía nos era desconocida.
Finalmente, y casi como con pereza, arrancaron los 4x4 y se fueron, Al hamid nos miró una vez más, con sus ojos tristes, era un nuevo amigo y desaparecieron lentamente por la avenida.
Las dos nos miramos, brillaban los ojos, y supimos, casi sin decirlo, que volveríamos.
Besos y sed felices
jueves, agosto 17, 2006
Zagora
Recuerdo el primer día que leí el nombre de esta ciudad... Se me cruzaron los cables y mi imaginación añadió alguna letra para acabar leyendo Zaragoza. En décimas o milésimas de segundo mi cerebro se preguntó: "¿Zaragoza en Marruecos?" pero rápidamente mis ojos enfocaron y leí bien: Zagora.
Zagora es una ciudad de desierto. Está en el suroeste de Marruecos, casi en la frontera, en pleno desierto sahariano. Es una ciudad extraña, da la impresión de estar destartalada, desordenada. Las calles no son calles exactamente, más bien son casi carreteras. Las casas están muy distanciadas unas de otras. Todas en adobe rosáceo y ninguna de más de dos o tres alturas. Es una ciudad más bien pobre, triste, o al menos esa fue la impresión que me dio. Nada que ver con Ouarzazate.
El hotel me gustó. Tenía su encanto. Según entrabas, subías unas escaleras (que un amable botones estuvo encantado de subir con mi maleta) y llegabas a una especie de claustrillo, presidido en su centro por una fuente de forma octogonal, con un dibujo de estrella en su centro, una auténtica fuente moruna, cuyo sonido era relajante y refrescante. Mirando desde la puerta, a la derecha de la fuente estaba conserjería, donde nos dieron, una vez más, los ya consabidos papelitos ficha a rellenar. Yo lo rellené antes que Pando y al entregarlo Abdel me dijo: "No es necesario que lo relleneis las dos, basta con uno por habitación" y yo me quede mirándole con cara de boba y pensando: "ya podrías habérmelo dicho antes". Así que nos dieron nuestra llave, la 307 creo recordar. El amable botones nos guió hasta la habitación, para lo cual cruzamos por delante de la piscina. Nada que ver con la preciosa piscina de Ouarzazate, pero después de dos días deambulando por el desierto, os puedo asegurar que aquella piscina me pareció la mejor del mundo. Me moría por nadar un rato, por estirar los músculos, algo entumecidos después de tanto salto en el jeep y tantas horas de ruta en coche. Pero mi querida Pando se moría por volver un poco a la civilización, es decir, hacer uso de sus dos móviles, hay que ver, yo soñando con estar sin cobertura y ella sin poder vivir sin ellos. Así que Pando hizo sus llamadas, todas sin éxito, y por fin fuimos a disfrutar del agua.
La menta, algo más desganada hoy, tal vez porque le vigilaban de cerca, siguió mis movimientos natatorios, y yo seguí jugando, que ya dije que eso del juego me pierde. Dos cervezas, unas piscinas y una conversación pícara después, decidimos que era hora de irse a ducharse, para ir a cenar.
En el cuarto hubo que llamar a Al Hamid, que nos había invitado a una fiesta, pero hubo unos cuantos malentendidos y entre el cansancio y todo, nosotras decidimos no ir. Gran error que lamentaremos siempre. Nuestras disculpas.
La cena, si no hubiera sido por este incidente, hubiera sido casi perfecta, pues habían dispuesto unas mesas grandes y redondas en la terraza de la piscina, a la luz de las estrellas y la luna y una iluminación baja. Y el buffet, en su estilo pero bueno. Couscous de verduras, varios platos de carne y pescado, ensaladas y verduras y pastelitos de postre. Hablando de pastelitos, Sésamo y Canela, que por cierto fueron nuestros compañeros de habitación en el desierto, y de los que casi me olvido, seguían más bien despistados, muy sosos ellos, y muy liados con las ocupantes del Pijijeep (creo que con el nombre del jeep en cuestión, no hará falta más comentarios al respecto).
Esa noche descubrí algo más sobre el desierto: Puede haber aire caliente, muy caliente, en las noches saharianas. Madre mía, que calor hacía. Era un aire caliente como ninguno, y que me hizo pensar en más de una ocasión, ir a la habitación a por mi bikini. De Hecho, Abdel (la Menta) y Ismael (la Miel) no dudaron en hacer lo propio.
Después de una conversación rozando el aburrimiento, que se salvó gracias a mi particular juego mentolado, que por supuesto continuó, nos fuimos a dormir, bastante agotadas, y es que la noche del desierto apenas había dormido y el día había sido agotador.
Y al llegar a la habitación ocurrió lo nunca pensado: Durante la conversación de después de la cena, una compañera de viaje había comentado que había visto un bichito, algo parecido a un escorpión pequeño, pero que no había podido matar. Y ya podeis imaginar que pasó: comenzamos a buscar escorpiones y dios sabe que otros bichejos. Y yo me reí de nosotras mismas. Habíamos pasado una noche en las dunas, sentadas bajo las estrellas sin ver más allá de nuestras sombras, en pleno desierto. Habíamos dormido en una endeble tienda, sin más separación de la arena que una alfombra y un fino colchón. Y no habíamos pensado en escorpiones ni serpientes venenosas ni cualquier otro bichito inoportuno. Y ahora que estábamos en un hotel con su sesrvicio de limpieza, con una cama a 45cm del suelo, con suelo de verdad y otros muchos lujos, justo ahora nos preocupaban los escorpiones... Nos reimos muy agusto de nosotras mismas y de nuestra estupidez.
Dormimos profundamente y el amanecer llegó como cada día, con el sonido del teléfono y esa voz dulce al otro lado indicando que era la hora de levantarse, todo ello en francés, claro, un francés que ya casi era como mi segundo idioma.
Al abrir los ojos, mirar la habitación, la maleta apunto para cerrar y las cosas ya más bien recogidas, sentí un nudo en el estómago: Era nuestro último día a lomos de nuestro 4X4. Regresábamos a Marrakech.
Besos y sed felices
Zagora es una ciudad de desierto. Está en el suroeste de Marruecos, casi en la frontera, en pleno desierto sahariano. Es una ciudad extraña, da la impresión de estar destartalada, desordenada. Las calles no son calles exactamente, más bien son casi carreteras. Las casas están muy distanciadas unas de otras. Todas en adobe rosáceo y ninguna de más de dos o tres alturas. Es una ciudad más bien pobre, triste, o al menos esa fue la impresión que me dio. Nada que ver con Ouarzazate.
El hotel me gustó. Tenía su encanto. Según entrabas, subías unas escaleras (que un amable botones estuvo encantado de subir con mi maleta) y llegabas a una especie de claustrillo, presidido en su centro por una fuente de forma octogonal, con un dibujo de estrella en su centro, una auténtica fuente moruna, cuyo sonido era relajante y refrescante. Mirando desde la puerta, a la derecha de la fuente estaba conserjería, donde nos dieron, una vez más, los ya consabidos papelitos ficha a rellenar. Yo lo rellené antes que Pando y al entregarlo Abdel me dijo: "No es necesario que lo relleneis las dos, basta con uno por habitación" y yo me quede mirándole con cara de boba y pensando: "ya podrías habérmelo dicho antes". Así que nos dieron nuestra llave, la 307 creo recordar. El amable botones nos guió hasta la habitación, para lo cual cruzamos por delante de la piscina. Nada que ver con la preciosa piscina de Ouarzazate, pero después de dos días deambulando por el desierto, os puedo asegurar que aquella piscina me pareció la mejor del mundo. Me moría por nadar un rato, por estirar los músculos, algo entumecidos después de tanto salto en el jeep y tantas horas de ruta en coche. Pero mi querida Pando se moría por volver un poco a la civilización, es decir, hacer uso de sus dos móviles, hay que ver, yo soñando con estar sin cobertura y ella sin poder vivir sin ellos. Así que Pando hizo sus llamadas, todas sin éxito, y por fin fuimos a disfrutar del agua.
La menta, algo más desganada hoy, tal vez porque le vigilaban de cerca, siguió mis movimientos natatorios, y yo seguí jugando, que ya dije que eso del juego me pierde. Dos cervezas, unas piscinas y una conversación pícara después, decidimos que era hora de irse a ducharse, para ir a cenar.
En el cuarto hubo que llamar a Al Hamid, que nos había invitado a una fiesta, pero hubo unos cuantos malentendidos y entre el cansancio y todo, nosotras decidimos no ir. Gran error que lamentaremos siempre. Nuestras disculpas.
La cena, si no hubiera sido por este incidente, hubiera sido casi perfecta, pues habían dispuesto unas mesas grandes y redondas en la terraza de la piscina, a la luz de las estrellas y la luna y una iluminación baja. Y el buffet, en su estilo pero bueno. Couscous de verduras, varios platos de carne y pescado, ensaladas y verduras y pastelitos de postre. Hablando de pastelitos, Sésamo y Canela, que por cierto fueron nuestros compañeros de habitación en el desierto, y de los que casi me olvido, seguían más bien despistados, muy sosos ellos, y muy liados con las ocupantes del Pijijeep (creo que con el nombre del jeep en cuestión, no hará falta más comentarios al respecto).
Esa noche descubrí algo más sobre el desierto: Puede haber aire caliente, muy caliente, en las noches saharianas. Madre mía, que calor hacía. Era un aire caliente como ninguno, y que me hizo pensar en más de una ocasión, ir a la habitación a por mi bikini. De Hecho, Abdel (la Menta) y Ismael (la Miel) no dudaron en hacer lo propio.
Después de una conversación rozando el aburrimiento, que se salvó gracias a mi particular juego mentolado, que por supuesto continuó, nos fuimos a dormir, bastante agotadas, y es que la noche del desierto apenas había dormido y el día había sido agotador.
Y al llegar a la habitación ocurrió lo nunca pensado: Durante la conversación de después de la cena, una compañera de viaje había comentado que había visto un bichito, algo parecido a un escorpión pequeño, pero que no había podido matar. Y ya podeis imaginar que pasó: comenzamos a buscar escorpiones y dios sabe que otros bichejos. Y yo me reí de nosotras mismas. Habíamos pasado una noche en las dunas, sentadas bajo las estrellas sin ver más allá de nuestras sombras, en pleno desierto. Habíamos dormido en una endeble tienda, sin más separación de la arena que una alfombra y un fino colchón. Y no habíamos pensado en escorpiones ni serpientes venenosas ni cualquier otro bichito inoportuno. Y ahora que estábamos en un hotel con su sesrvicio de limpieza, con una cama a 45cm del suelo, con suelo de verdad y otros muchos lujos, justo ahora nos preocupaban los escorpiones... Nos reimos muy agusto de nosotras mismas y de nuestra estupidez.
Dormimos profundamente y el amanecer llegó como cada día, con el sonido del teléfono y esa voz dulce al otro lado indicando que era la hora de levantarse, todo ello en francés, claro, un francés que ya casi era como mi segundo idioma.
Al abrir los ojos, mirar la habitación, la maleta apunto para cerrar y las cosas ya más bien recogidas, sentí un nudo en el estómago: Era nuestro último día a lomos de nuestro 4X4. Regresábamos a Marrakech.
Besos y sed felices
martes, agosto 15, 2006
Palabras
Para que no se olviden:
Faraash: Caballo
Nsjmah: Estrella (fem)
Nsjim: Estrella (masc)
Nsjum: Estrellas
Tadjui: Sol (en Verver)
Ma'a: Agua
Jaiba: Mala (fem)
Waina: Buena (fem)
Masa'a al Kair: Buenas noches, buenas tardes
Saba'a al Kair: Buenos días
Shocran: Gracias
Ana: Yo
Anta: Tú (masc)
Anti: Tú (fem)
Sadik: Amigo
Hubo muchas más palabras, pero mi memoria no quiere recordarlas... Luna (en verver y en árabe), cielo (en verver y árabe), dromedario, desierto (en verver y árabe)...
Besos y sed felices
Faraash: Caballo
Nsjmah: Estrella (fem)
Nsjim: Estrella (masc)
Nsjum: Estrellas
Tadjui: Sol (en Verver)
Ma'a: Agua
Jaiba: Mala (fem)
Waina: Buena (fem)
Masa'a al Kair: Buenas noches, buenas tardes
Saba'a al Kair: Buenos días
Shocran: Gracias
Ana: Yo
Anta: Tú (masc)
Anti: Tú (fem)
Sadik: Amigo
Hubo muchas más palabras, pero mi memoria no quiere recordarlas... Luna (en verver y en árabe), cielo (en verver y árabe), dromedario, desierto (en verver y árabe)...
Besos y sed felices
lunes, agosto 14, 2006
El Desierto y su Silencio
Llegamos al anochecer, atravesando la arena con los 4x4, haciendo surcos en la arena, carreras entre nosotros, y intentando por mi parte una tarea casi imposible: Desde el sitio que ocupaba en el jeep, en la parte de atrás, donde más votaba, hacer fotos sin flash a los otros coches... Tarea difícil y complicada.De repente Al Hamid, al igual que el resto de conductores, paró. Bajamos y vimos ante nosotras la extensión de arena más grande que jamás he visto.
Había un silencio lleno de deseos, de aromas desconocidos, un silencio lleno de estrellas, tan profundo y poderoso que podía hasta con las risas y los gritos emocionados del grupo. Fue lo primero que me impactó. Ese silencio desconocido y a la vez tan conocido, un silencio viejo y sabio, de milenios, de paciencia, de tranquilidad. Un silencio capaz de cambiar mi alma, mi ser hasta tal punto que aún le escucho susurrarme dentro esa paz que desde aquel día siento.
A lo lejos, en esa noche llena de estrellas y una luna en cuarto creciente, pudimos ver nuestro campamento, las jaimas donde íbamos a dormir aquella noche especial, diferente a cualquiera de las que he vivido en toda mi vida. Pero yo ya sabía, ya notaba dentro, que el desierto me estaba atrapando, enredando en su maraña de arena y cielo, marcándome como una más, como una Mujer Azul, del índigo de mi pañuelo Verver (así lo escriben ellos), que rodeaba y cubría mi cabeza y mi cara.
Volvimos a los coches y descendimos un rato más desde la duna en la que estábamos hasta la planicie donde estaba el campamento, galopamos a lomos de nuestras monturas sobre arenas transitadas antaño por hermosos caballos árabes y dromedarios, y por un momento escuché a lo lejos el relinchar profundo de una hermosa yegua, de capa alazana y mirada dulce, y soñé y me dejé llevar en sus lomos, sintiendo por dentro una galopada rápida, su cola erguida, atravesando mares de arena, subiendo y bajando dunas, llegando a oasis de agua limpia y clara...

Tal vez ya he vivido en el desierto en otra vida, quien sabe, tal vez en el fondo recuperé mis raíces más ancestrales.
Llegamos al campamento, allí nos esperaban los Hombres Azules (me extrañó no ver a ninguna mujer). Tenían ya preparado un té delicioso y algunos frutos secos, me sentí en casa, mimada y cuidada por mi familia, bebiendo aquel delicioso té y comiendo unos cacahuetes para reponer fuerzas. Aquella amabilidad, aquella hospitalidad aprendida desde tiempos lejanos, que nos transmitían ahora, me devolvía todavía más calma en mi interior. Era todo fácil, a pesar de las dificultades de un terreno aparentemente hostil, la dulzura, la amabilidad de su trato no dejaba paso a la incomodidad. Daba igual estar en mitad del desierto, daba igual todo. Ellos te arropaban, te cuidaban y aquellas telas y alfombras que pudieran parecer en un momento frágiles y simples, se convertieron en la mejor de las estancias, el mejor de los hoteles, el más exquisito de los restaurantes que pueda conocer en toda mi vida.
Nos repartieron toallas y nos indicaron nuestras habitaciones. Cada habitación constaba de dos espacios separados por una cortina. En cada espacio había dos lechos, dos camastros de colchón fino y duro, con sábanas cubiertas de arena, y del tamaño justo para una persona. No había sillas ni mesas, ni nada por el estilo, sólo paredes y suelos de alfombras tapizadas, las típicas de los beduinos, y un leve techo tras el que era fácil adivinar un cielo estrellado y tan hermoso que casi se prefería a la protección de la tela.
Este no era un verdadero campamento Verver. En realidad era un albergue para turistas, y como tal, contaba con un pequeño edificio del ya acostumbrado adobe rosado, donde había servicios, duchas y hasta pilas y espejos. Todo un lujo en pleno desierto.
Nos fuimos a la ducha, las dos con nuestras toallas, dispuestas a disfrutar del mayor lujo del desierto: El agua. Nos preguntábamos si habría agua caliente, pero en realidad esta pregunta pronto se desvaneció. Las duchas eran como saunas, y lo cierto es que el agua fría, que en verdad estaba tibia debido al calor del día, se agradecía, y mucho.
Mientras dejaba que el agua me despojara de malos recuerdos y el polvo del camino, mi mente pensaba en ese preciado líquido, que ahora surcaba mi cuerpo. Por primera vez en mi vida sentí real y primordial la necesidad de cuidar cada gota, como un bien preciado. Nadie dijo nada, pero no era necesario. El agua excasea en el desierto, y de alguna forma, sientes de pronto la necesidad de no malgastarla. Así que con mi conciencia recién adquirida, me duché rápido, gastando el agua justa.
Tras la ducha cenamos en el comedor, un espacio recubierto también de alfombras y con techo, pero sólo sobre las mesas, en el centro había un agujero, una ventana a esa noche estrellada. En el centro también había dispuestos algunos instrumentos musicales: Jembés, bongos, y una especie de castañuelas que no sé como se llaman. Son dos platillos unidos por un puente, y con una pareja similar. En total cuatro platillos. Se cogen de la unión central, con una mano, y se hacen entrechocar.
La cena, una sopa caliente, ardiendo, lo mejor para regular la temperatura y quitarse el calor. Un couscous de verduras, delicioso, por cierto, pollo condimentado y de postre, melón y sandía. Es curioso, en todo el viaje nadie nos sacó los famosos dátiles, ni siquera en pleno desierto. Después un te para concluir una cena beduina.
Los hombres azules se reunieron luego en el centro, bajo el cielo estrellado, y se armaron de los instrumentos. Empezaron a tocar y cantar, y aquella improvisada batucada me hizo moverme en mi asiento, sin querer, hasta que por fin nos decidimos a salir de la jaima y dejar que la noche y la arena nos envolviera...
Al Hamid se acercó a nosotras, y con él dimos un paseo alrededor de la jaima. Al final nos sentamos en una duna cercana, pero algo separada de la tienda. Estuvimos allí no sé cuanto tiempo, charlando, bebiendo cerveza y fumando mientras el desierto nos envolvía en su espectacular silencio de mil estrellas. Pude ver hasta la vía láctea, todas las estrellas parecían haberse confabulado para venir a visitarnos en aquel lugar lejos de todo. Fui consciente de mis olvidos, todo estaba tan lejos, tan lejano en el tiempo y en la distancia que casi parecía no haber pasado nunca.
Se unieron a nosotras dos más, un Hombre Azul, y Abdel, la menta, el guía de nuestra pequeña expedición. Y me vino bien, porque aunque parecía que mi francés había vuelto dios sabe de donde, para rescatarme de una conversación que no hubiera sido posible, lo bien cierto es que el esfuerzo empezaba a notarlo, y a pesar de mis parrafadas (a cada una de ellas les acompañaba en castellano y cara a mi querida Pando un "tía y esto de donde sale") necesitaba recuperar un poquito la comodidad de la lengua madre. Abdel hablaba castellano, francés y árabe y quien sabe que otros idiomas. Y nos enfrascamos en una conversación donde volvimos de nuevo a jugar. Y que peligro tiene el juego. En mi memoria femenina guardaba la noche anterior, donde la partida la había ganado, sin duda, mi destreza con las armas que llevo toda la vida manejando a mi antojo. Ahora todo era fácil, y seguí jugando y volví a ganar. He de confesarlo: Me encanta el Arte de la Seducción...
La noche siguió con perfume a menta, menta dispuesta a no dejarme sin su sabor en los labios, pero que se le va a hacer, una es rebelde por naturaleza, y decidí que hoy no mezclaríamos naranja mediterranea con menta árabe, y él se quedó, con su partida perdida y sus ganas envueltas en humo...
Y yo me fui sonriente y recordando en mi memoria a mi querida Mae West "cuando soy buena soy muy buena, cuando soy mala, soy mejor".
Por su parte, Pando estaba enfurecida, bueno, no exageremos, sólo ligeramente contrariada, y es que ella quería que yo saboreara la menta al chocolate, y no entendía que yo prefería dejarlo para otro momento...
Habíamos contratado un paseo en dromedario para ver el amanecer, así que a las 4h30 en punto empezaron los tambores a resonar y a despertarnos. Por un momento mi imaginación, envuelta en edredones de sueño, se dejó llevar muy lejos por los tambores que escuchaba en la realidad de la noche, hasta que mis ojos se abrieron y descubrieron mis oídos con sorpresa que aquello sonaba de verdad.
Más dormidas que despiertas, nos subimos en sendos dromedarios y empezó nuestro periplo a través de dunas y arena, hacia un lugar en concreto. Y yo me preguntaba ¿y por qué ahí y no en otro lado? Supongo que el paisaje (el que aparece en estas fotos, tomadas desde la perspectiva de Pando) era la razón de esa ruta y no otra. Pero es que en esa hora en la que todo es del color del índigo, esa hora en la que a los Hombres Azules apenas se les distingue entre las sombras azuladas del amanecer, a esa hora todas las dunas parecen las mismas, y una, novata en esto del desierto, no sabe distinguir muy bien lo que las hace diferentes.
Mientras el azul daba paso al naranja, llegamos a un lugar donde los camellos pararon y se sentaron. Nuestro guía nos invitó a descalzarnos y a subir el último tramo a pie. Amablemente, nos ayudaba, ofreciendonos el apoyo de su hombro, aunque personalmente he de decir que no me pareció tan complicada la subida, como en un primer momento parecía. Pando tuvo sus problemas para llegar arriba, pero al fin lo consiguió. Esta es mi chica...
Y allí sentados, mirando hacie el lugar donde el sol nacía, con un oasis como parte de un decorado perfecto, esperamos al Rey Sol, a Ra asomarse un día más y iluminarnos con sus rayos que pasaron de rojizos a naranja en cuestión de minutos...Y yo volví a escuchar el silencio de aquel sitio espectacular. Veia el color cambiante de las dunas, de un gris neutro a un naranja vivo, el sol salir como cada día, que para mi era distinto a todos los otros, los camellos tranquilos, esperando a que el Rey de los astros les bañara con su luz, el agua del oasis reflejando destellos de plata sobre su superficie...
Me invadía una paz extraña, algo que nunca he sentido, una felicidad más allá de todo, sin sentido y con el sentido pleno de un momento mágico. Era como si mi vida se hubiera paralizado, olvidado, borrado, nada anterior a aquel momento importaba. Felicidad, calma, plenitud. Una sensación inolvidable. Y fue justo en ese momento cuando supe que mi dolor se había ido. Y fue justo en ese momento cuando vi entre los rayos del sol, los finos hilos que el destino entreteje para llevarnos al momento y el lugar indicado.
En mi mente vagaban imagenes de tiempos lejanos, viejos ritos que de repente habían cobrado todo el sentido, ritos para darle las gracias al sol un día más por salir, por regalarnos su luz y su calor. Miraba de reojo a nuestro Hombre Azul, y me perdía en sus ojos, a su vez perdidos en la inmensidad de un amanecer único, a pesar de las veces que lo habría vivido.
El sol ya había salido y era momento de volver al campamento. Así que bajamos de las dunas, cada uno como quiso o como pudo, y regresamos hasta el lugar donde nos esperaban los camellos. Tras un momento mercader, donde el Verver nos intentó vender sus mercancías, subimos de nuevo a lomos de nuestra montura y volvimos a la jaima para desayunar...
Pero mi mente, mi corazón y mi alma se quedaron en las dunas... Aún estoy esperando su regreso.
Besos y sed felices
domingo, agosto 13, 2006
¡Al Abordaje!...
La Canción del Pirata 1ª Parte:
Venga pandilla de gandules, ¿quereis mover vuestros apestosos traseros? Voy a tener que menguar la ración de ron. Sr Jones, ¿Me puede explicar que hace colgado del mástil mayor? Esto no es una tripulación seria, voy a abandonar a la mitad en la próxima isla perdida que encontremos y a la otra mitad la voy a usar de velas, vive Dios, que seguro me son más útiles.
Harry ¿qué es aquella mancha negra en el horizonte? Si mi vista no me engaña es el Furia del Océano. Menudo nombre, estos malditos ingleses no saben ni ponerle nombre a un barco. Yo confio mi navío El Estrella Negra. Se que venceremos sin duda a esos malditos ingleses.
Señores, a las armas, quiero ver los cañores del Estrella relucir a babor y estribor, quiero esas velas desplegadas, Timonel, rumbo hacia los ingleses, vamos a darles una lección y por mis caderas os digo que al que cogiere al maestre y me lo trajere, para él esa nave con su ridículo nombre incluído.
Jajajaja, si Mr Sparrow estuviera aquí, seguro que sabría apreciar esta batalla en su justa medida... Ahora que lo pienso, hace tiempo que no veo al Perla negra surcar estos mares... Ya debe estar haciendo alguna de las suyas... O no, ¿qué ven mis ojos?¿pues no son esas las velas negras de mi querido rufián? Por todos los demonios, si hoy tendremos fiesta, jajajajaja, vamos mis queridos patanes, que hoy seremos dos abordando, y ese dichoso Jack va a ver quien tiene los mejores rufianes a bordo....
Lucella, ponte bien ese corsé, que luego siempre se te desliga en plena batalla, Sr Jones me alegra verlo en cubierta, después de su siestecita en el mástil, muevase, que tenemos un abordaje que atender... Ahhhhhh, mi querido Ares, como me gusta ver tu filo reluciente, dentro de un momento te daré la sangre que tanto te gusta, tu y yo hacemos buena pareja, sin duda.... JAJAJAJAJA... Cañones a estribor!!! ¡QUIERO OÍR ESAS BALAS RETRONAR Y CHOCAR CONTRA ESA NOBLE MADERA, A QUE ESPERAMOS, FUEEGGOOOO!!
VAYA JACK VEO QUE TE APUNTASTE A LA BATALLA, JAJAJAJA, VEREMOS QUIEN ES EL MEJOR...
¡AAAAAAAALLLLLL AAAAAAAAABOOOOOOOOORRRRRRRRDAAAAAAAAAAJJJJJJJEEEEEE!!!
La Canción del Pirata 2ª Parte:
Besos y sed felices
Venga pandilla de gandules, ¿quereis mover vuestros apestosos traseros? Voy a tener que menguar la ración de ron. Sr Jones, ¿Me puede explicar que hace colgado del mástil mayor? Esto no es una tripulación seria, voy a abandonar a la mitad en la próxima isla perdida que encontremos y a la otra mitad la voy a usar de velas, vive Dios, que seguro me son más útiles.
Harry ¿qué es aquella mancha negra en el horizonte? Si mi vista no me engaña es el Furia del Océano. Menudo nombre, estos malditos ingleses no saben ni ponerle nombre a un barco. Yo confio mi navío El Estrella Negra. Se que venceremos sin duda a esos malditos ingleses.
Señores, a las armas, quiero ver los cañores del Estrella relucir a babor y estribor, quiero esas velas desplegadas, Timonel, rumbo hacia los ingleses, vamos a darles una lección y por mis caderas os digo que al que cogiere al maestre y me lo trajere, para él esa nave con su ridículo nombre incluído.
Jajajaja, si Mr Sparrow estuviera aquí, seguro que sabría apreciar esta batalla en su justa medida... Ahora que lo pienso, hace tiempo que no veo al Perla negra surcar estos mares... Ya debe estar haciendo alguna de las suyas... O no, ¿qué ven mis ojos?¿pues no son esas las velas negras de mi querido rufián? Por todos los demonios, si hoy tendremos fiesta, jajajajaja, vamos mis queridos patanes, que hoy seremos dos abordando, y ese dichoso Jack va a ver quien tiene los mejores rufianes a bordo....
Lucella, ponte bien ese corsé, que luego siempre se te desliga en plena batalla, Sr Jones me alegra verlo en cubierta, después de su siestecita en el mástil, muevase, que tenemos un abordaje que atender... Ahhhhhh, mi querido Ares, como me gusta ver tu filo reluciente, dentro de un momento te daré la sangre que tanto te gusta, tu y yo hacemos buena pareja, sin duda.... JAJAJAJAJA... Cañones a estribor!!! ¡QUIERO OÍR ESAS BALAS RETRONAR Y CHOCAR CONTRA ESA NOBLE MADERA, A QUE ESPERAMOS, FUEEGGOOOO!!
VAYA JACK VEO QUE TE APUNTASTE A LA BATALLA, JAJAJAJA, VEREMOS QUIEN ES EL MEJOR...
¡AAAAAAAALLLLLL AAAAAAAAABOOOOOOOOORRRRRRRRDAAAAAAAAAAJJJJJJJEEEEEE!!!
La Canción del Pirata 2ª Parte:
Besos y sed felices
Una de piratas
A los fantasmas hay que vencerlos con piratas. Así que hoy me fui a ver a mi querido Jack Sparrow... O a mi adorado Johnny Deep, no sé cual de los dos me gusta más.
Es bien cierto que Mr Sparrow perdió la dignidad hace tiempo, quizá el día que vendió su alma a uno de tantos diablos que surcan el mar... y el mundo en general. Es bien cierto que este pirata de tres al cuarto deja mucho que desear porque se muestra cobarde, mentiroso, egoísta y convenenciero.. Claro que para ser un buen pirata no vale el honor a la antigua. Hay que tener honor de pirata, y eso cambia la concepción de tantas cosas...
Pero mi adorado Jack es en realidad un romántico y valiente idealista, dispuesto a robar el corazón de la dama de la que secretamente siempre ha estado enamorado (y lástima, no soy yo). Un luchador de causas perdidas, un hombre noble disfrazado de pendenciero, incapaz en el fondo de traicionar a sus amigos.
Lo reconozco: Jack Sparrow no es un hombre del que una se pueda fiar. Más bien hay que desconfiar y mucho, pero que quereis que os diga, a mi me gustan los piratas, no en balde llevo un parche donde antes hubo corazón, luzco una calabera y dos tibias cruzadas en la bandera del barco de mi vida, y suelo cantar de noche, bajo la luz de las estrellas aquella vieja canción del pirata "Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la Libertad, mi ley la fuerza y el viento, mi única patria la mar"
Hoy me subí un rato a navegar en La Perla Negra, vencí monstruos marinos, luché con mi sable de doble filo, Vive Dios, que vencí, por supuesto, a todos los que en mi camino se cruzaron, a dos manos, daga larga y sable afilado, luché sin piedad y degollé cuellos, corté mienbros, y arranqué corazones. Grité ¡Al abordaje! tan fuerte que mi garganta hizo temblar la cubierta, mojé mi gaznate seco con ron del que no se encuentra más allá de Isla Tortuga, negocié con patentes de corso para ganar mi libertad y la de los mios, y mientras el sol se ponía, le robé un beso apasionado a mi querido Sparrow. Id con cuidado, he repuesto mis fuerzas, mañana pienso abordaros sin piedad... Pero eso será mañana, ahora voy a mi lecho, eso sí, ni se os ocurra intentar robarme el cofre o la llave, yo siempre duermo con un ojo abierto...
Besos y sed felices
sábado, agosto 12, 2006
Un paréntesis para los fantasmas
En esta habitación a oscuras, grande y espaciosa, vacía de todo, donde una vez hubo un corazón. Aquí, a ratos te veo. Apareces de repente y sin aviso, una imagen lejana, un recuerdo, tu voz que resuena desde el eco de mi memoria que no se decide a dejarse llevar por el mar del olvido.
No eres el único, aunque sí el más reciente. Si miro en los rincones, en los ángulos llenos de tristeza y desamparo, veo aparecer otros viejos fantasmas, viejos y nuevos, en su recuerdo, en el sabor que dejan en mi boca ahora, que el tiempo les hace lejanos.
Vienes despacio y me susurras, a veces me visitas en sueños y por un momento creo que estás en el vacío que hay entre mis brazos. Pero sé que sólo eres la sombra de lo que fuiste y vuelvo a echarte en falta.
Tengo esta soledad vacía y concurrida de espectros perdidos y recuerdos olvidados, de silencios llenos de palabras que no se pronunciaron y promesas que se olvidaron mucho antes de cumplirse. Tengo este hueco que tapo a diario con un sombrero, no vaya a ser que alguien decida mirar a través de él y me descubra espantando viejos y nuevos espectros.
Siento el frío del vacío absoluto, que absorbe toda posibilidad, todo sueño, toda esperanza. Ya no queda ni polvito de corazón, ya no queda ni el deseo, por no quedar, ya no queda nada en este espacio oscuro y sucio de tantas telarañas que la memoria deja por no olvidar.
Este agujero negro que la soledad y el olvido teje a diario, donde hubo un corazón que murió en mil batallas perdidas de antemano, parece crecer cada día y a veces temo que acabe por devorar hasta los pequeños espacios de luz que todavía quedan.
Hoy vinisteis de nuevo, mis queridos y odiados fantasmas, justo ahora que empezaba a olvidaros, justo ahora que he perdido la llave de vuestra memoria, justo ahora que empezaba a silenciar el grito ahogado de vuestro silencio...
Besos y sed felices
viernes, agosto 11, 2006
Ouarzazate
Llegamos al atardecer. La gente andaba por las calles, iban hacia la plaza. Una de las cosas que más me ha llamado la atención es que en Marruecos la gente hace mucha vida de noche, o de tarde-noche. Salen a la calle al atardecer y se van a las plazas, a los sitios donde se puede cenar al aire libre, a las calles... Pasean, hablan con toda la gente que se encuentran, saludan a los turistas y disfrutan de las noches africanas...
El 4x4 cruzaba veloz la avenida principal, los burros, como siempre, formaban parte del paisaje urbano, algunos cargados, otros llevando jinetes y amazonas, otros simplemente atados. Las mujeres, algunas, tapadas con su burka, cargaban en la espalda a sus retoños, otras sólo llevaban un pañuelo sencillo que cubria sus, probablemente, largas melenas. Había incluso algunas, las menos, que vestían al estilo europeo, pantalones, en algunos casos vaqueros, y camisa. Las que nos mostraban sus caras, en general eran muy guapas. Rasgos nortafricanos, ojos grandes y oscuros, labios carnosos, piel canela, pelo largo, liso y negro. Los hombres vestían en su mayoría la chilaba, casi todos lucían bigote, pelo corto y miradas profundas. Los niños sonrientes, pidiendo monedas, cigarros, caramelos... Con miradas llenas de historias que en algunos casos nos podrían poner la piel de gallina.
El coche seguía su trayecto, sin darnos tiempo al respiro, sin dejarnos apenas detener por un instante nuestros ojos en cada detalle. Me llamó la atención la arquitectura. Todas las construcciónes con su típico color entre arena y rosa, y ninguna especialmente alta. Algún jardin y las menaras de las mezquitas, todas tan parecidas, de planta cuadrada y con motivos geométricos en su decoración.
Giramos a la izquierda, seguimos recto por una calle más estrecha y menos concurrida, subimos por una pequeña cuesta y llegamos al hotel: imponente, con sus palmeras y otras especies arbóreas que no reconocí a primera vista. Con una entrada digna de Hollywood. Lo primero que pensé es que ese era el hotel para los de 4 estrellas. Pero no, allí nos bajamos todos. Al hamid, con la ayuda de Jon y Pedro, bajó las maletas y equipajes, y nosotros entramos en el hotel.
Yo llevaba casi todo el día soñando con una piscina. Me moría por nadar, por refrescarme y quitarme la arena del camino, por relajarme. Siempre me ha relajado nadar. Nos habían dicho en broma que el hotel no tenía piscina, pero sólo fue una broma. Aquel hotel contaba con piscina, y yo veía por fin mi pequeño sueño hecho realidad.
En recepción rellenamos la ya consabida y acostumbrada ficha, dos fichas, en Zagora descubriríamos que bastaba con una. Cambiamos nuestro pedazo de vida escrito en papel por una llave al descanso...
Y buscamos la habitación. No fue fácil encontrarla, era como un laberinto, formado por pequeños dúplex, cada uno con dos o cuatro habitaciones, dependiendo de que en efecto fueran dúplex, de dos pisos, o sencillos, de sólo un piso. Nuestra habitación, la 607, creo que fue la que más nos gustó de todos los hoteles en los que estuvimos. El hotel en sí fue el que más nos gustó. Era una habitación enorme, tenía un pequeño saloncito, donde estaba la tv y el teléfono, con unos sofás, lamparita y una mesita centro baja, perfectamente decorado todo. En algunos sitios habían dejado pétalos de rosa sobre servilletas. El aire fue lo primero que encendí, funcionaba, y como funcionaba. Esta entrada-salita, daba paso por una puerta a la habitación, donde vimos una enorme cama, formada por dos colchones separados pero hecha como si fuera una sola. En la habitación había dos puertas más, además del armario. Una daba paso a un cuarto de baño completo, con su bañera y hasta su secador. La otra daba paso a una cocina, que a su vez tenía otra puerta que daba a una pequeña terraza. Aquello no era una habitación, aquello era un apartamento y nosotras supimos en ese momento que ninguna habitación de ningún hotel nos iba a gustar tanto.
Fuimos a cenar, Abdel se encargó de poner en nuestra mesa a dos angelitos que viajaban solos y que a partir de ese momento serían Canela y Sésamo (empezaba nuestra particular selección de especias y condimentos).
Y por fin llegó el momento de enfundarse el bikini e ir a la piscina. Tras un recorrido por el laberinto (sin Minotauro, gracias a los dioses) llegamos al jardín donde estaba la piscina. Era sencillamente perfecto. Una barra donde disfrutar de una cervecita (royale special) y una piscina perfectamente iluminada y que para gozo de los que nos gusta nadar, no cerraba a ninguna hora. No me lo pensé dos veces: me despojé del pantalón y me metí al agua después de la necesaria ducha. Tres o cuatro piscinas después, a crowll y braza, me di cuenta que me estaba mirando. Desde su mesa, acompañado de su pequeña historia de este viaje, me miraba disimuladamente. Observaba cada movimiento, cuando salía del agua, cuando me volvía a meter, cuando tomaba ¿el sol? (quizá mejor decir la luna o las estrellas). No le di importancia, pero no voy a negar que me gusta el juego de la seducción, y eso tenía mucho de juego... Empezaba a oler a Menta...
Una cerveza, varias piscinas y muchas risas después, decidimos irnos a la habitación para ducharnos, algo que resultó complicado, y por fin salimos de nuevo a la terraza con las dos cervezas que nos habíamos reservado. Hay Pando, que bien te sentó tu primera cerveza... Y la segunda.
Las dificultades con la ducha habían traído como resultado un avispado segurata, que distrajo un rato a mi querida pando, y del que probamos otras especias típicas de Marruecos, pero al final el cansancio y el relax me pudieron y me fui a dormir.
Al día siguiente, como siempre a las ocho fue hora de partir, y después de un desayuno delicioso, con su zumito de naranja, té con leche y tortita de maíz con miel, llegó la hora de subir de nuevo al jeep y dejar atrás aquel hotel... Cuantas veces lo recordé durante el viaje.
Besos y sed felices.
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